Judiciales y Policiales
El arte de dialogar con cadáveres

Osvaldo Raffo, el prestigioso y polémico perito forense que publicaba las imágenes de las autopsias

Los dolores de su cuerpo y el deceso de su esposa fueron determinantes para que decidiera suicidarse. El médico legista más famoso del país, a los 88 años, le puso fin a una vida en la que la muerte siempre fue su fiel compañera

“Si algún día te pasa algo, dejale dicho a tu esposa que me llame para hacerte la autopsia. Mejor que te la haga un conocido. ¡Tengo instrumental alemán de última generación!”.

Eso le dijo Osvaldo Raffo al periodista Rodolfo Palacios, cuando el cronista lo visitaba para que el cuente sobre su labor en la investigación por los crímenes de Carlos Robledo Puch.

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Raffo fue hallado ayer muerto en la bañera de su casa de dos plantas en San Martín. Tenía un disparo en la cabeza y un revólver calibre 38 en su mano.

El médico legista era un experto tirador y coleccionista de armas. Había admitido que lloró mucho luego de realizar la autopsia de René Favaloro, el cardiólogo y cirujano platense que se mató de un tiro al corazón.

Fanático de su trabajo, Raffo tenía un blog donde publicaba videos de las necropsias que efectuaba y explicaba con detalles su diálogo profesional con los cadáveres.

Hasta hace unos años, la rutina laboral de Raffo consistía en diseccionar corazones, rebanar cerebros como si cortara tajadas de un melón o medir penes de criminales. Porque hubo un tiempo en que los peritos consideraban que saber el tamaño del miembro viril de un asesino era un dato trascendente.

Por ejemplo, los detectives que investigaron los cuatro crímenes del Petiso Orejudo -el asesino de niños de principios del siglo XX- se sorprendieron por su pene desproporcionado, que medía dieciocho centímetros. A Raffo no lo impresionaba nada de eso. Y de hecho mostraba las fotos del Petiso Orejudo en la que aparecía desnudo.

El caso Nisman fue el último al que le puso oficialmente su oficio, como consultor. Pero para entonces la trayectoria de Raffo acumulaba miles de operaciones, muchas, cruciales para desentrañar algunos de los casos más memorables de la historia del crimen del país.

Él descubrió, en febrero de 1988, que el bisturí de un colega había cercenado del cadáver de Alicia Muñiz el músculo esternocleidomastoideo, con la aviesa intención de ocultar la evidente marca que debió haber dejado la poderosa mano de Carlos Monzón al levantarla del cuello para arrojarla al vacío desde el balcón de un chalet de Mar del Plata.

Raffo hizo la segunda autopsia de María Soledad Morales -la más difícil de su carrera, en sus propias palabras-, en la que descubrió que la chica de 17 años había muerto el 8 de septiembre de 1990 por una sobredosis, y que habían intentado reanimarla en una clínica de Catamarca, antes de arrojar su cadáver a la vera de una ruta.

Él tuvo frente suyo a Carlos Eduardo Robledo Puch, a quien doblaba en edad, pero no pudo sostenerle la mirada vacua, azul como el hielo profundo, que le lanzó cuando le confesó, uno a uno, sus crímenes, en el verano de 1972.

La muerte de su esposa fue algo que no pudo superar. Desde ese desenlace se mostró solitario y pasaba mucho tiempo encerrado en su vivienda, rodeado de armas y videos con los registros de su trabajo.

Con más de 20.000 autopsias en su legajo, convertido en una leyenda viva, este médico nacido el 31 de octubre de 1930 en Parque Patricios, hijo y nieto de matarifes, eligió la previsión y cerró con palabras cualquier sospecha ulterior. Una, datada el domingo a las 8.35 y dirigida al "señor juez". De su puño y con apretada letra de caligrafía cursiva, firmada y con su sello de médico, afirmó: "No soporto más los dolores que me aquejan. No se culpe a nadie de mi muerte. Dios me perdone".

 

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