Como un eco lejano de las purgas de Pol Pot en Camboya o la feroz censura de Corea del Norte, el gobierno de Javier Milei dio un nuevo paso en su cruzada contra la memoria histórica.
En un acto de brutalidad simbólica, el régimen ordenó la demolición del monumento a Osvaldo Bayer, el escritor que desenterró la historia de los 1500 peones rurales fusilados en la Patagonia en 1920 y 1921.
Erigida a la vera de la Ruta 3, en el ingreso a Río Gallegos, Santa Cruz, la estructura no resistió el embate de las máquinas de Vialidad Nacional, que, como si ejecutaran una orden inapelable del poder central, la redujeron a escombros con una pala mecánica y un martillo hidráulico.
El monumento había sido inaugurado el 24 de marzo de 2023, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, con la presencia de familiares de los fusilados, militantes de derechos humanos y Esteban Bayer, hijo del intelectual.
Aquel día, las palabras de Esteban resonaron con fuerza: “Es un gran abrazo a Osvaldo, a los 1500 obreros asesinados, a los 30.000 desaparecidos y a los exiliados“. Pero en el nuevo orden impuesto por el gobierno libertario, no hay espacio para los abrazos ni para la memoria: solo hay demolición.
Una purga ideológica disfrazada de neutralidad
Desde sectores afines al oficialismo celebraron la destrucción del monumento como un “acto de limpieza simbólica”.
En redes sociales, libertarios de Santa Cruz justificaron la medida como parte de una cruzada para erradicar el “relato impuesto durante años”.
Sin embargo, esta justificación encubre una realidad mucho más oscura: el silenciamiento de cualquier voz disidente, la reescritura del pasado según los dictados del poder y la eliminación de aquellos símbolos que incomodan a la narrativa oficial.
Los argumentos que avalaron la demolición rozan lo grotesco. Algunos exaltados señalaron que la placa con la inscripción “Bienvenidx” –escrita en lenguaje inclusivo– era una prueba irrefutable del adoctrinamiento kirchnerista.
Como si el uso de una “x” fuera una afrenta mayor que la masacre de obreros rurales a manos del Ejército. El verdadero objetivo, sin embargo, no era una cuestión lingüística, sino la erradicación de una figura incómoda para el dogma ultra-liberal: Bayer, un anarquista crítico del poder, sin ataduras partidarias, se convierte en enemigo por el simple hecho de haber rescatado del olvido a los fusilados de la Patagonia.
Un estado que arrasa con la memoria
El retiro del monumento a Bayer no es un hecho aislado. Desde que asumió el poder, el régimen de Milei impulsa la eliminación sistemática de símbolos que considera ajenos a su doctrina.
Como en los regímenes totalitarios que borran las huellas de sus antecesores, el gobierno libertario impone su visión a través del martillo y la censura. En distintas provincias, placas, murales y referencias a la memoria histórica ya fueron removidas bajo el pretexto de acabar con el “kirchnerismo”, sin distinción entre justicia y propaganda, entre memoria y adoctrinamiento.
Lo ocurrido en Santa Cruz es apenas una muestra más de la voracidad con la que este gobierno intenta reescribir el pasado. Como en los manuales de los peores regímenes, la historia se mutila, se sepulta, se hace desaparecer bajo los escombros.
Pero la memoria no se destruye con una excavadora. La Patagonia, testigo de las luchas y de las injusticias, seguirá recordando. Y la sombra de los fusilados volverá, una y otra vez, a interpelar al poder.