miércoles 08 de abril de 2020

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Postales de la breve y poco feliz gestión de Carlos Ruckauf

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16 de marzo de 2020 · 16:04 hs.

Fue el primer “porteño” en asumir la Gobernación desde el retorno a la Democracia. También inauguró la era de los mandatarios que apuestan al marketing para sobrevivir a la “picadora” bonaerense. Como casi todos los demás, jugó fuerte para llegar a la Presidencia, y fracasó.

Los mandó a jugar a todos, pero terminó eligiendo al que no pisaba suelo bonaerense. Corría el año 1999 y Eduardo Duhalde se inclinaba por Carlos Federico Ruckauf, de amplia trayectoria en el PJ porteño -llegó a presidirlo-, como candidato a sucederlo al frente del Gobierno de la Provincia.

El hombre acumulaba pergaminos: había sido Ministro de Trabajo de la Nación, Embajador, Diputado, Ministro del Interior y Vicepresidente de la Nación. Además, acreditaba cumplir con la Constitución bonaerense por haber nacido en Ramos Mejia, partido de La Matanza. Un requisito que hoy parece obsoleto pero que entonces importaba.

Eran tiempos de internas. Un grupo de dirigentes no duhaldistas se encolumnaron detrás de Antonio Cafiero y conformaron el Nuevo Espacio Peronista (NEP) para resistir la unción de Ruckauf. Para eso apostaron a una candidatura de Felipe Solá. Pero el por entonces secretario de Agricultura de la Nación aceptó rápidamente un ofrecimiento para acompañar a Ruckauf. La interna se realizó de todas maneras y quedo consagrada la formula Ruckauf-Solá.

A lo largo de la campaña, el candidato del PJ se mostró como contrapeso de la Alianza, que en la Provincia encabezaba Graciela Fernández Meijide, dirigente de perfil progresista, y secundaba el radical Melchor Posse, de estirpe conservadora. El peronismo jugaba al revés: lo acentuaba con propuestas como la de “meter bala a los delincuentes” y calificaba a Meijide de “abortista y anticristiana”.

De vice de Menem a delfín de Duhalde. Afiche de la campaña de 1995.

Esos eran los tema de debate en la campaña del 99 y el hombre del PJ llegó a blanquear la incidencia de la Iglesia Católica en sus propuestas. Su discurso le permitió captar votos que de otra manera habrían terminado en manos del represor Luis Abelardo Patti, el tercero en discordia, que quedaría muy relegado, con el 8 por ciento de los votos.

Los analistas del momento coincidieron en que la ayuda de Acción por la República, de Domingo Cavallo, y de la UCEDE le permitió a Ruckauf ganar las elecciones. Fue un margen ajustado: apenas 284 mil votos.

En fila india con su padrino, Eduardo Duhalde, y seducido por una hipnótica hoja de ruta que unía la vicepresidencia, la Gobernación bonaerense y la Presidencia de la Nación, Ruckauf comenzó de inmediato un gobierno con poca gestión y mucho brillo mediático, en el marco de una tremenda crisis económica y social en todo el territorio nacional. Su gobierno sería de muy corto plazo: sólo mandó el uno por ciento de la historia de la Provincia.

El Ñato, el Bocón y el bonsai

Menos que Ruckauf duró Aldo “el Ñato” Rico al frente del Ministerio de Seguridad: apenas cuatro meses. La idea de sumar al equipo de Gobierno al ex carapintada generó rechazo hasta en el propio peronismo. Ni bien se conoció la decisión, sin que Ruckauf asuma el gobierno, el rionegrino Carlos Soria, que todavía ocupaba esa cartera bonaerense, consideró que se trataba de “una figura marketinera”.

Así asumió, pero pronto “el Ñato” se convirtió en “el Bocón” al hacer pública una foto del “Indio” Castillo, un ex carapintada, y comentar que era custodio del Presidente Fernando de la Rúa. El Gobernador lo echó por esa indiscreción y nombró en su lugar a quien se desempeñaba como Jefe de la Policía bonaerense, Ramón Orestes Verón, un duro con buenos modales y críticos informes de los organismos de Derechos Humanos sobre sus espaldas.

La operación fallida de Aldo Rico dañaba una de las acciones que más cuidaba el flamante mandatario provincial: la relación con la administración de Fernando De la Rúa, con quien tendió puentes de manera permanente. Esto fue tan así que al cumplir dos meses en sus respectivos cargos, el mandatario nacional aceptó un convite del Gobernador y se presentó en su residencia.

Al ingresar, el Presidente se topó con una mesa ornamentada de manera singular: había diez bonsais que Ruckauf había acomodado personalmente. El Jefe de Estado era fanático de esos árboles enanos, el Gobernador lo sabía y los usó para romper el hielo.

Postal de la visita del Presidente a la Gobernación (fuente: 0221.com.ar).

Fue, sin embargo, el Salón de Música donde uno y otro sellaron acuerdos de acompañamiento legislativo en el Congreso de la Nación, en la Legislatura provincial -que tenía mayoría aliancista- y el Consejo de Seguridad Nacional. Así dejaron de lado viejas disputas políticas y empezaron a cruzar elogios.

En ese febrero del año 2000, Ruckauf empezaba a construir, de la mano de De la Rúa, un perfil de “estadista” que tomaba distancia del fuego cruzado que sostenían Eduardo Duhalde y Carlos Menem, los otros dos aspirantes a la presidencia para el año 2003.

La vista desde la copa bonsai es tan corta como su altura, y el idilio con de la Rúa duró poco: con la llegada de las elecciones de medio término, en 2001, los buenos modales terminaron y volvió la pirotecia. Meses mas tarde, De la Rúa dejaría el poder y no faltó quien desde su Gabinete hiciera público su enojo con Ruckauf, a quien se acusó de gestar, con intendentes, la salida anticipada de la Rosada.

De intendentes y mosqueteros

Quienes venían de administrar municipios tuvieron una importante participación en el corto periodo ruckaufista. Aldo Rico venia de San Miguel y terminó en el Ministerio de Seguridad; Juan José Mussi continuaba en Salud con jefatura en Berazategui; Raúl Othacehé, de Merlo, se probaba el traje de Ministro de Gobierno; Julián Domínguez, de Chacabuco, fue jefe de campaña y recaló en Obras Publicas; Juan Barberena, de Azul, en Deportes, y Federico Scarabino, de Quilmes, llegó a Producción, un ministerio que fue destino de los derrotados en la interna, entre ellos la cafierista de San Isidro Teresa García, hoy ministra de gobierno de Axel Kicillof.

Por octubre de 2001 aparecieron en escena “Los Tres Mosqueteros”, una aventura transgeneracional de intendentes con “ganas de ser”. Ellos eran Julio Alak de La Plata, Alberto Balestrini de La Matanza y Juan José Alvarez de Hurlingam. Este último se transformaría rápidamente en el tercer ministro de Seguridad de la gestión, en octubre de 2001. La aventura de los alcaldes no tuvo mayor vuelo y terminó cuando “D'Artagnan” Ruckauf salió anticipadamente del cargo.

Mosqueteros, de izquierda a derecha: Juan José Álvarez, Carlos Ruckauf, Alberto Balestrini y Julio Alak.

Antes de la aventura de los intendentes, Ruckauf apostó a una gestión aporteñada para cortar con ocho años de tradición duhaldista, de gran anclaje en el Conurbano profundo. Los nuevos venían sin apego a las estructuras partidarias y hacían gala de gustos refinados. De pizza con champagne, como se estilaba por entonces.

Fue ese el contexto que permitió que se creara la Secretaría de Relaciones Económicas Internacionales y Cooperación de la provincia de Buenos Aires, algo así como un Ministerio de Relaciones Exteriores bonaerense. La titularidad fue para Diego Guelar, quien venía de ser embajador en los EEUU y reeditó en la capital bonaerense “El Club de la Vaca Sonriente”, un momento de encuentro de funcionarios, diplomáticos, empresarios y periodistas alrededor de un buen asado criollo, que ya había implementado en tierras gringas cuando la carne argentina se liberó de afstosa.

Los asados se disfrutaban en la terraza de la casona de 8 y 53, donde funcionaba la nueva dependencia. Allí se conversaba sobre temas de actualidad. Un gran animador de esas tertulias fue Gustavo Martinez Pandiani, el segundo de Guelar, quien deleitaba a los comensales con sus logros deportivos como jugador en la máxima liga de fútbol de Jamaica, destino en el que supo recalar como diplomático.

Pero siempre sobrevoló un ambiente de “interna” en esa suerte de Cancillería provincial. El lugar de Guelar, en una primera instancia no era para él, sino para Jorge Faurie, el hombre que acompañaba el protocolo de Menem y que en 1999 y que, por esas cosas de la polítca, terminó conformándose con manejar el ceremonial ruckaufista. La revancha le llegaría más de quince años después, cuando Mauricio Macri lo nombró Ministro de Relaciones Exteriores y Culto de la Nación.

El hombre que ríe (y pauta)

Para 1999, las bonanzas del Fondo del Conurbano eran historia y el presupuesto de la Provincia no alcanzaba. Por eso desde la Rosada le pedían a La Plata “achicar” más y más. Ante esta situación, la gestión hizo pie en la comunicación y en la relación con la prensa, con acciones que no afectaran las partidas presupuestarias.

Con Julio Macchi como vocero inseparable, “Rucucu” se convirtió en un personaje mediático que tenía una frase de impacto, una sonrisa o una firma (sí, hasta en las zapatillas) siempre a mano. Eso se transformó en su sello distintivo, su marca. Logró buena llegada a los medios mediante declaraciones tribuneras de escaso contenido, y con la novedad de los “spots” audiovisuales que rodaba Germán, su hijo, un joven cineasta de ideas innovadoras que intentó ablandar la figura del padre, para contrarrestar la mirada crítica que sembraban medios como Página 12 o algunas biografías incómodas, como la que publicó el periodista Hernán López Echagüe bajo el título “El hombre que ríe”.

Había más familia en el Gabinete. María Isabel Zapatero, la primera dama bonaerense, se desempeñó como presidenta honoraria del Consejo Provincial de la Familia y Desarrollo Humano con un manejo de 400 millones de pesos/ dólares por año para ayuda social. Al año se cansó y eligió volver su cargo como jueza de cámara en el fuero laboral, bajo el pretexto de que se le vencía la licencia.

Una flecha veloz

La relación de Ruckauf con su vicegobernador, Felipe Solá, salvo alguna excepción, fue mala. Eran el agua y el aceite, y muchas veces hubo “retos” del Gobernador por temas que conocieron estado público antes de tiempo o por opiniones negativas respecto de las decisiones del Ejecutivo que salían de la presidencia del Senado.

Mostraron diferencias desde la campaña, con el tema del aborto, y nunca pudieron construir una buena sintonía. Solá se manejó en soledad, incómodo, casi sin rol, ni en el gobierno ni en lo político. Cuando desde calle 6 necesitaban activar una palanca legislativa, marcaban el teléfono del diputado Osvaldo Mercuri o de algún senador, como Horacio Román (a cargo de la comisión de Seguridad) o Hugo Corvatta.

En notas periodísticas, el Vicegobermador mostraba las diferencias que existían con “el jefe” a quien llegó a apodar “flecha veloz”. Si bien se esforzó más tarde en explicar que trataba de exaltar una virtud, el apodo viajó como su referencia por todo el sistema político de la Provincia.

La administración de Carlos Ruckauf dejó un puñado de decisiones que podrían considerarse su “legado”. Una fue sorprendente: la estatización de la empresa de Agua y Cloacas, que regenteaba la francesa Azurix, y que terminó convirtiéndose en ABSA. Otra fue el lanzamiento de los “Patacones”, una cuasimoneda provincial que fue el salvavidas frente a la crisis.

También quedará para la posteridad la remodelación y modernización integral de la Sala de Periodistas y la realización de la Sala de conferencias. Hubo una tercera pero no se llegó a concretar: una Capilla para “ayudar con fe, el que el gobernador llegue a ser Presidente”.

Esa tarea fue encomendada a Esteban “Cacho” Caselli, Secretario General de la Gobernación, de vínculos con el Vaticano. Una suerte de “puntero eclesiástico” que llevaba permanentemente al despacho de Ruckauf hombres de sotana (negras o púrpuras). El lugar mostraba una escenografía significativa: no solo estaba tapizado con fotos del Papa Juan Pablo II sino que estaba pintado íntegramente de amarillo papal.

En diciembre de 2001, en el epílogo del gobierno de De la Rúa, Ruckauf seguía con atención los reportes televisivos que mostraban saqueos en supermercados, con la secreta esperanza de que fueran su trampolín hacia la Presidencia de la Nación.

El 19 de ese mes, una llamada inesperada lo corrió de su eje de atención: era el Secretario de Deportes, Juan Barberena, que se encontraba en Mar del Plata supervisando la final de los Torneos Juveniles Bonaerenses, con una representación de cerca de 100 mil pibes y pibas. El motivo del llamado era un pedido desesperado para que interviniera sobre los jefes policiales del distrito que no garantizaban la seguridad del evento porque debían custodiar los supermercados Toledo, que estaban en la mira de saqueadores.

El gobernador instruyó a su ministro de Seguridad con un argumento por demás sensato: “los pibes no tienen la culpa de los acontecimientos”, dijo, y ordenó que se garantice la seguridad de todas las delegaciones. Más tarde, con la orden cumplida, Barberena y el jefe de policía local acordaban abandonar raudamente “la Feliz”. Aquella final de los Torneos, terminó en el preciso momento en el que comenzaron los piquetes en todos los ingresos y egresos de la ciudad. Los participantes emprendieron la marcha con Fernando de la Rúa como presidente y llegaron a sus ciudades de origen con Ramón Puerta sentado en el sillón de Rivadavia.

La renuncia de De la Rúa le dio rienda suelta a los anhelos presidenciales de Ruckauf. Para eso apostaba a lo que consideraba su gran virtud: no haberse casado con nadie. Error de novatos: fue justamente ese el factor que lo marginó de la compulsa. El “sistema” generó sus anticuerpos y eligió un nombre confiable: el de Eduardo Duhalde, quien asumió el Ejecutivo nacional el 2 de enero de 2002 y lo convocó a formar parte de su gabinete al día siguiente.

Nunca se conocieron públicamente detalles de la salida. Se sabe que hubo un pedido a Eduardo Duhalde de “sacarlo” de la provincia. Rápido, como una flecha, Ruckauf entregó la banda en la Legislatura en la mañana del 3 de enero, al mediodía asumió como Ministro de Relaciones Exteriores y Culto, con los actos protocolares de rigor, y se fue a un encuentro con dirigentes peronistas. Allí revalidó con su intención de ser Presidente en el 2003. Como tantos otros gobernadores bonaerenses, nunca lo consiguió.

 

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