miércoles 08 de abril de 2020

NOTICIAS DEL BICENTENARIO

El día que Buenos Aires tuvo tres gobernadores, pero nadie gobernó

Por: Pablo Zubiaurre

06 de marzo de 2020 · 06:30 hs.

Los tiempos de la organización de la Provincia, fueron complejos, caóticos. Y generaron algunas situaciones difíciles de explicar. Esta, para colmo, transcurrió el día de la muerte de Manuel Belgrano.

Hay explicaciones difíciles de superar en claridad y síntesis. Contar la situación política de 1820 en pocas palabras, mejor que José Luis Romero, entiendo que resultará demasiado complicado sino imposible:

“Desaparecido el régimen que las unía, cada una de las Provincias buscó su propio camino. Los grandes propietarios, los fuertes caudillos, los comerciantes poderosos y los grupos populares de las ciudades que gravitaban en la Plaza pública, procuraron imponer sus puntos de vista y provocaron, con sus encontrados intereses, situaciones muy tensas, hasta que alguien logró imponer su autoridad con firmeza. Y según quien fuera, qué intereses representara, cada provincia adoptó un modo de vida que definiría con el tiempo sus características y su papel en el conjunto de la nación: porque en 1820 había desaparecido el gobierno de las Provincia Unidas, pero no la indestructible convicción de la unidad nacional.”1

Allí, en esa situación tan bien resumida por Romero, arranca la historia de la Provincia de Buenos Aires como tal. Una historia que debería transitar por difíciles momentos hasta que alguien logró imponer su autoridad sobre el resto. Era una hoja en blanco, pero con actores que muy lejos estaban de ser desprejuiciados novatos.

La ruptura se produce luego que un Congreso Constituyente sancionara aprovechando la ausencia de los representantes de muchas provincias, una Constitución centralista, automáticamente rechazada por un amplio sector. Había ya pensamientos muy definidos en cuanto a la futura organización de un país único. Centralistas y federales se enfrentaban ya sin la variante de la ruptura, pues como se dice Romero más arriba, la indestructible convicción de la unidad nacional no se ponía en discusión. De esta forma, quedaba saber cuál de las ideas se impondría.

El año inicial, 1820, resultó en la Provincia de Buenos Aires un tiempo particularmente caótico hasta que el General Martín Rodríguez, propuesto y acompañado por los sectores más liberales llegara a la Gobernación. Era una conjunción de un grupo de hombres con ideas para el Gobierno y un hombre con jerarquía y autoridad militar para sostenerse en ese sillón que no resultó aquel año cómodo para nadie. No había una estructura legal consolidada que sostuviera y legalizara plena y unánimemente la autoridad del Gobernador. En una parte no menor, esa autoridad debía portarla él, sus contactos y apoyos, su poder real personal, su trayectoria.

Rodríguez reunió entonces esas condiciones más allá de la valoración que pueda hacerse de su política, y fundamentalmente de la de Rivadavia, su Ministro ejecutor e ideólogo, que constituye un mojón destacado en este momento de lucha de intereses. Los cuatro años que gobernó Martín Rodríguez junto a Rivadavia y Manuel J. García, son fundacionales en el sentido de la definición de una serie de políticas que marcarían los años posteriores, aunque su espíritu centralista haya sido derrotado con los años por el federalismo de Juan Manuel de Rosas, que dominaría la escena hasta mitad de siglo.

Hasta la proclamación de Rodríguez, sin embargo, el camino resultó espinoso y poco tranquilizador con respecto a la posibilidad de encaminar institucionalmente a la provincia. En este tiempo, destaca por su carácter único, un día: el 20 de junio de 1820.

La fecha no es una fecha cualquiera; ese día fallecía en Buenos Aires, en un marco de absoluta intrascendencia, el General Manuel Belgrano. Olvidado, a pesar de lo reciente de su patriótica labor, desposeído voluntariamente de bienes y lejos de los escenarios políticos, pocos tomaron ese día debida nota de su deceso.

Pero ese día pasaría a la historia no solamente por el fallecimiento del padre de la bandera nacional, sino porque resultó único en su desarrollo. Ese día, la naciente Provincia de Buenos Aires tuvo tres Gobernadores, y ninguno con poder como para ser realmente considerado como tal.

El camino se inició en el momento en que renunció el último de los Directores Supremos, autoridad teóricamente nacional, aunque del título a la realidad hubiera un largo trecho. Luego de ser derrotado por Estanislao López y Francisco Ramírez en Cepeda, Rondeau renunció y ya no hubo más Directores Supremos. Cepeda aseguró la autonomía de las provincias que iniciaron ese camino. Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, las provincias de Cuyo y también Buenos Aires debieron organizarse sin una autoridad superior a las que cada provincia determinara.

El primer Gobernador de Buenos Aires, Manuel de Sarratea, firmó con los caudillos del Litoral el Tratado de Pilar, y en el se consignaba la necesidad de generar otro poder central, lo que aseguraba la unidad, pero no se determinaba cuando ni cómo se haría. Hasta la sanción de la Constitución Nacional, que iniciaría el proceso de unificación, pasarían más de treinta años.

Sarratea gobernó desde febrero la naciente Provincia, pero su autoridad nunca pudo afirmarse.

El 1º de mayo, la Junta de Representantes -la Legislatura de aquel momento- decretó su cese y nombró en su reemplazo a Ildefonso Ramos Mejía, por el término de ocho meses. El tiempo de su mandato habla por si solo de las inseguridades y la fragilidad de su posición. Ramos Mejía era partidario del antiguo Partido Directorial, y su pasado era el de un funcionario sin demasiado brillo. Entre las disposiciones que tomó, y quizás a sabiendas de su debilidad, retuvo para si el cargo de Capitán General de la Provincia que implicaba el mando supremo de las fuerzas militares en perjuicio del Brigadier General Estanislao Soler, que ocupaba el cargo hasta ese momento con total apoyo del Ejército. Una medida desacertada que redujo las posibilidades de éxito de su mandato.

Soler estaba en Luján para contener allí el avance de las tropas de Ramírez y López, y allí mismo redactó una renuncia desafiante y agresiva para con el Gobernador, que exigió fuese publicada. Obligado a dejar el mando de las tropas a Martín Rodríguez, Soler se sublevó; los jefes y oficiales invocando “la voluntad general de la campaña”, reclamaron la reposición de Soler en el cargo y el Cabildo de Luján fue más allá, nombrando Gobernador a Soler. Con esta irregular elección, Soler proclamó a los ciudadanos de la campaña, “librarlos o perecer con ellos”.

A través de intermediarios propuso a Ramos Mejía una transacción que éste no estuvo dispuesto a aceptar, y renunció ante la Junta de Representantes. Fue el 20 de Junio de 1820. La Junta, sin embargo, no aceptó que la renuncia significara la aceptación del nombramiento de Soler, y le exigió a Ramos Mejía que depositara en el Cabildo de Buenos Aires el bastón de mando. Sin embargo y en demostración de la fragilidad de todo el andamiaje institucional, la Junta terminó pidiéndole al Cabildo que le avisase a Soler que podía venir a Buenos Aires “seguro de no encontrar la menor oposición” y acto seguido, disolvieron el cuerpo. Posiblemente porque las verdaderas intenciones de Soler eran las de conservar el mando militar y no la de ocupar el cargo de gobernador, Soler no aceptó el ofrecimiento.

De esta forma, en medio de lo que en la historia argentina se conoce con el nombre de “Anarquía del Año veinte”, el veinte de junio de 1820 en Buenos Aires, Ildefonso Ramos Mejía, Estanislao Soler y al Cabildo de Buenos Aires fueron nombrados como gobernadores de la Provincia.

Es el “Día de los Tres Gobernadores”.

Eso, al menos, se lee en los papeles. La realidad nos dice que ese día, nadie gobernó nuestra Provincia.

El autor es profesor de historia y fue intendente de la ciudad de Ayacucho entre 2011 y 2017.


1. Romero, José Luis. Breve historia de la Argentina. Buenos Aires, F.C.E., 2011 (Novena reimpresión) Pág. 63.

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