miércoles 08 de abril de 2020

NOTICIAS DEL BICENTENARIO

Santiago Avendaño, cautivo de su tiempo

Por: Eduardo Cormick

03 de marzo de 2020 · 10:30 hs.

Santiago Avendaño, que fue primero cautivo de los ranqueles durante siete años y luego huésped forzado de Rosas, estaba radicado en un campo en Azul y era interlocutor entre los pampas y el gobierno cuando Mitre encabezó la Revolución de 1874.

El 26 de noviembre de 1874 el ejército nacional que comandó José Inocencio Arias derrotó a las fuerzas revolucionarias dirigidas por Bartolomé Mitre, en la batalla de La Verde, actual partido de 25 de Mayo, dando así por concluido el levantamiento contra la elección de Nicolás Avellaneda como presidente.

Cipriano Catriel, que en marzo de 1872 había sido clave en la derrota de Calfucurá en el combate de San Carlos, dio su apoyo al levantamiento mitrista. Apresado por el ejército nacional en su toldería cerca de Azul, fue entregado a su hermano y adversario Juan José, que lo consideraba traidor a su pueblo.


—De los dos lados que tiene esta moneda, ninguno es el mío—había dicho Santiago, y Cipriano lo recuerda ahora—. Estaré con usted, pero siempre será el campo de otro.

Eso pasó cuando Cipriano visitó a Santiago en su chacra. Llegó sentado en la volanta que había comprado en Buenos Aires. Movió con esfuerzo el cuerpo excedido de peso y bajó despacio, bombacha gaucha y botas de cuero lustrosas, pañuelo al cuello y chambergo en la mano.

Los dos lo sabían, Cipriano había derrotado a Calfucurá en San Carlos, era el hombre con más poder que él entre los pampas, y tenía por amigo a Mitre, el hombre fuerte de Buenos Aires, pero necesitaba a Santiago para negociar con los derrotados y con el gobierno:

—Usted sabe bien el idioma de cada uno, y sus modos. Todos lo conocen a usted.

Se conocían desde un mediodía, siempre cercano en la memoria de ambos, en la que Cipriano llevó un mensaje de su padre, el cacique de Tapalqué, a la casa del gobernador. Ahí estaba Santiago como huésped, sin otra opción que la de permanecer allí.

Treinta años antes de esa conversación junto a la volanta, Santiago era un niño que jugaba junto a su madre en la tarde de marzo en la que vieron entrar en la ciudad a los jinetes de un ejército invasor. Sin ropa que los uniformara ni bandera que anunciara su identidad, la madre supo por los alaridos, las flechas encendidas y el atropellar de los caballos, que eso era el malón.

Fue en una de las últimas embestidas, antes de abandonar las casas incendiadas, que un jinete de largo cabello negro señaló a Santiago con su lanza y dio una orden. Otro que iba a su lado alzó a Santiago y se lo llevó con él. Después de varios días entre galope y pernocte, el grupo de jinetes llegó a un lugar lejano y desconocido, donde los esperaban viejas, niños y lisiados que gritaban y bailaban, felices de recibirlos.

Acá vivirás, escuchó decir el niño cautivo al hombre que lo alzó, antes de dejarlo a cargo de una de las viejas, donde vivía el jinete de larga melena negra.

Así comenzó la vida de Santiago en ese mundo nuevo, con caras y comidas diferentes, con otras leyes.

—Si se comporta—escuchaba decir Santiago al hombre de cabello negro que se sentaba en un banquito, entre perros que peleaban por un hueso – será uno más de nosotros, y yo lo haré el mejor de todos. Pero si le da por irse, lo matará la sed, lo matará el sol, lo matarán los tigres.

Con esas recomendaciones creció Santiago y supo hacerse amigo, muy amigo, de uno de los niños nacido en ese lugar extraño. Con él se iba a correr venados, a probar cómo bolear ñandúes, a descubrir huevos de aves en los pajonales, a encontrar pozos de agua dulce entre los médanos. El padrino de su amigo, de barba y sable, era quien les enseñaba, y Santiago trataba de aprender todo lo que decía ese hombre.

Poco a poco aprendió a cuidar los caballos y las vacas lecheras que dejaban a su cargo, a reconocer los senderos que permitían llegar al lugar, y también alejarse de él.

—No haga caso a los que le digan que es fácil irse –sermoneaba el hombre desde el banquito. Si lo intenta, tal vez lo coma una bestia, si no lo encuentro antes yo.

Con esas recomendaciones, Santiago escuchaba también todo lo que contaba el padrino de su amigo que, una mañana, mientras buscaban venados para cazar, le mostró una loma, a lo lejos:

—Por ese lado, yendo al norte, donde nacen los bosques de algarrobo, pasa el camino por donde vino usted. Serán dos días para llegar ahí. Después, todo el tiempo hacia el poniente. No es fácil, pero se puede.

Al cabo de algunos años, llegó la oportunidad que esperaba Santiago. Como había sido aquella vez en que lo cautivaron, nuevamente los jinetes se preparaban para una excursión guerrera. Se notaba la excitación en los más jóvenes, en los parlamentos interminables de los ancianos, en los preparativos.

Todos partirían por la mañana. Todos, incluidos su amigo y el padrino de su amigo. Antes de montar, su amigo pasó a verlo. Le dejó un obsequio.

—Te servirá – le dijo cuando le entregó una tira de charqui envuelta en el poncho — No olvides buscar el picazo y el oscuro, que son de fiar. Mi padrino los amansó bien, y conocen el camino.

Santiago sintió el abrazo del amigo y prometió no dejarse ganar por el miedo. Antes de que se ocultara el sol, fue a buscar los caballos a la laguna, los mantuvo atados con el lazo y la manea y así esperó el paso de la noche para iniciar, apenas el alba clareó el agua, el camino hacia la loma, la que le había señalado el padrino de su amigo.

Es verdad que no fue fácil. Santiago erró varias veces el sendero, debió soportar tormentas y amenazas de animales, y hasta perdió buena parte del charqui en alguna de esas peripecias. Pero al final de siete días de travesía con sus caballos, Santiago llegó a la puerta de una casa de campo, donde unas viejas ordeñaban cabras. Necesitó de su ayuda para bajar del oscuro en el que iba montado.

Las viejas avisaron al patrón, que avisó al gobernador, que antes que nada avisó a don Juan Manuel. Supo que había estado fuera de su casa durante siete años, siete meses y siete días; imaginó estar pronto con sus padres y que ya no habría más noches sin ellos.

Don Juan Manuel estaba interesado en conocerlo, dijo un jinete que llegó al frente de una partida, para llevárselo. Santiago llegó a Buenos Aires el día de los Santos Inocentes y el primer día del año conoció al que lo mandó a buscar.

Respondió a todas las preguntas que le hizo, una y otra vez, a las diez de la mañana y de la noche, antes de que lo mandara a tusar caballos o cuando volvía de enlazar un potrillo.

¿Cómo fue el viaje desde que escapó?, quiso saber don Juan Manuel. ¿Dónde durmió? ¿Dónde halló agua para beber? ¿Cómo era esa laguna? ¿Cómo era el pasto que la rodeaba? Entonces dijo, ah, usted esa noche durmió en tal lado.

Le preguntó por la comida, ¿qué comió?, ¿quién le había dado esas provisiones? Don Juan Manuel escuchó con paciencia todo lo que Santiago le contó, que siempre le pareció escaso, y le pidió más detalles. Santiago comprendió que don Juan Manuel conocía al hombre que lo había ayudado a escapar, y entendió también que no lo tenía entre sus amigos.

Cada vez que don Juan Manuel preguntaba por el trato que Santiago había recibido de los ranqueles, la respuesta era la misma:

—Me trataron como se trata a un hijo.

¿Cuántos son?, quería saber don Juan Manuel, ¿crían hacienda?, ¿tienen cultivos?, ¿se preparan para la guerra?

—Quieren vivir en paz.

Cuando Santiago creyó que había explicado todo lo que don Juan Manuel podía estar interesado en conocer, y que podría regresar con su familia, supo que debería quedarse en la ciudad, tomar clases con un maestro, aprender a escribir bien. Supo que, otra vez, no podría ir donde quisiera, y pasó los dos años que siguieron entre estudios con el maestro y tareas en la caballeriza.

Cada tanto, don Juan Manuel lo hacía ir a su escritorio para confirmar una información o para oficiar de intérprete si lo visitaba un emisario de los ranqueles o los pampas.

En una de esas visitas conoció a Cipriano. Lo vio a contraluz, parado frente a don Juan Manuel, vestido como un criollo más; supo que ese muchacho de su misma edad era un pampa que venía como embajador de su padre, el cacique Catriel.

Poco después, cuando hubo que tomar partido, Cipriano estuvo con su padre en Caseros y sólo se retiró al ver que los federales abandonaban la batalla. Ofreció su amistad a Santiago y lo tuvo como secretario en los parlamentos y lenguaraz con el gobierno.

También el gobierno le pidió a Santiago que fuera su mediador frente a los pampas y pasó a ser amigo de unos y otros, emisario de los dos mundos.

Por primera vez, después de diez años, pudo elegir sus amigos y sus comidas, tuvo una esposa y algunos niños y compró un campo en Azul, donde se dedicó a sembrar y criar ganado.

Siempre estuvo cerca de la autoridad del fortín, siempre a mano para el caso de que Cipriano lo necesitara.

En ese campo lo encontró Cipriano aquella tarde, fue ahí donde Santiago le advirtió, una mano apoyada en la vara de la volanta:

—Tendremos que andar con cuidado. Si no es de un lado, será del otro. Caminamos por la línea de fuego; difícil que esto dure.

Ahora se cumple la premonición. Mitre, que no se resigna a perder influencia en su provincia, se levanta en armas, y pide el apoyo de Cipriano.

Cipriano, el que derrotó a Calfucurá, el que pasó años preparando a su gente para la guerra, se pone al frente para acompañar a Mitre en una disputa que, se lo advirtió Santiago, no es de él, y pronto conoce las consecuencias.

Mitre es derrotado en La Verde, y Cipriano, que le manifestó su apoyo, es apresado antes de ponerse en marcha. Pero no tienen la misma suerte: a Mitre, que ha sido gobernador y presidente, lo indultan; a Cipriano, jefe de los pueblos pampas, en cambio, lo entregan a los rivales.

Dos años después de aquella visita en el campo de Azul, ya no hay volanta, ni chambergo, ni botas de cuero. Las manos atadas en la espalda, atravesado el pecho por las lanzas, de rodillas sobre el pasto, está Cipriano. Así lo ve Santiago, caído como está contra una piedra, cuando ve llegar la faca que viene a cortarle el cuello y advierte cuán cierto fue aquel vaticinio suyo.


El autor nació en Junín en 1956. Escribió las novelas Almacén y despacho de bebidas El Alba (1992), Quema su memoria (2004) y El primer viaje (2010), y de los libros de relatos Entre gringos y criollos (2006) y Hasta que aclare (2017). Fue premiado por la Secretaría de Cultura de la Nación (1992), la Fundación Fortabat (1996) y la Fundación El Libro (2004)

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Nº de edición: 6404
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