sábado 08 de agosto de 2020

NOTICIAS DEL BICENTENARIO

La historia de un combate sin campo de batalla que rebautizó a Junín

Por: Eduardo Cormick

07 de febrero de 2020 · 11:23 hs.

El 7 de febrero de 1829 se produjo el combate de Las Palmitas. Su ubicación exacta es desconocida, pero fue cerca de Pergamino, y fue determinante para que la ciudad de Junín terminara llamándose Junín.

Los últimos dos años de la década de 1820 fueron años de gran conmoción en la provincia de Buenos Aires. El gobernador Manuel Dorrego, a cargo de las relaciones exteriores ordenó, tras el tratado de paz con el imperio de Brasil, regreso de las tropas combatientes.

Al regreso del ejército, el general Juan Lavalle, su jefe, con respaldo e inspiración de los dirigentes unitarios, encabezó el 1° de diciembre de 1828 una revolución de derrocó a Dorrego, quien se retiró al interior de la provincia para intentar la resistencia a Lavalle. Pocos días después, Dorrego fue sorprendido y apresado por Bernardino Escribano para, el día 13, ser fusilado en Navarro por orden de Lavalle.

Este hecho provocó que Estanislao López, gobernador de Santa Fe y cabeza de la joven Convención Nacional, designara a Rosas como Mayor general del Ejército de la Unión para organizar los levantamientos que, en forma de milicias, se multiplicaban entre los federales de la provincia.

En ese contexto ocurre el combate del 7 de febrero de 1829 en Las Palmitas, un sitio cuya ubicación geográfica es ahora poco conocida, en cercanías de la actual ciudad de Pergamino. El resultado del combate dio lugar, por el desempeño que tuvo ahí el coronel Isidoro Suárez, de gran desempeño en la batalla de Junín en las sierras de Perú, a que el Fortín hasta entonces conocido como Federación, pasara a denominarse Junín, nombre con que se conoce a la que es hoy una de las principales ciudades del noroeste de la provincia.

LOS CAMINOS DE MESA Y MOLINA

Madrugadores, Mesa y Molina quedaron desconcertados al advertir hacia el naciente, cuando recién comenzaba el 7 de febrero, la conjunción de cinco luceros que bajaban desde la bóveda celeste hasta el horizonte.

La pampa era entonces una inmensa hoja en blanco en la que los hombres ensayaban sus sueños, abrían caminos y dejaban huella de sus pasos. Después las lluvias, el pampero, la memoria esquiva, echaban todo al olvido. Mesa y Molina se encontraron en ese camino cuando los dos lo recorrían buscando defender la memoria de Dorrego.

Veterano de varias luchas, Manuel Mesa, que defendió a Buenos Aires contra los ingleses, participó del Ejército del Norte y sitió a los españoles en Montevideo, fue uno más en el puñado de hombres a los que les tocó en suerte inventar ese fortín en las soledades del oeste, cerca de un hilo de agua que se desliza tímido hacia el sur, con unas lagunas a las que todavía no se les conocía el humor, antes de unos medanales que confirmaban más que sugerir, el dominio del indio.

Ahí, donde sólo había escasez, sin piedras ni árboles, llegaron desde Salto para levantar un rancherío al que llamaron fortín y bautizaron Federación, que eso era lo que se prometían los gobernantes entre sí. Inventaron caminos para llevar maderas y herramientas en las carretas, oficiaron de arrieros para apurar el paso de las vacas y sus crías.

En esa mudanza el hombre se ganó el grado de mayor y un lugar, pensaba, donde vivir con su mujer. Al levantar una empalizada o cavar una zanja, imaginó su rancho, la tierra cultivada, un hijo correteando por ahí, y se dio ánimo para levantarse cada mañana.

Cuando supo que habían matado a Dorrego entendió que, con esa gente en el gobierno, no podría cumplir su sueño. Dejó el fortín y partió con algunos hombres rumbo a los campos del sur, a reclutar indios o gauchos, amigos de la causa federal.

José Luis Molina era conocido por la gente de los pueblos y estancias desparramados en la pampa y en cada rincón de lo que llamaban “Tierra adentro”, aquel territorio que una tarde quedaba a tres días de marcha a caballo, y a la mañana siguiente estaba ahí nomás, al otro lado de la laguna Mar Chiquita. Desde ahí hasta la sierra de Tandil sabían que Molina estaba en favor de tejer la unidad a un lado y al otro.

Había cruzado tiempo atrás el río Salado como baqueano de Ramos Mejía, para instalar una estancia en la que cualquiera, criollo o pampa, podía aquerenciarse, sembrar o criar ganado, o simplemente pasar, con una sola condición: no andar armado.

Desde entonces sabía que los unitarios firmaban tratados para no cumplirlos; vio el desplante que hicieron en el acuerdo de Miraflores. Conoció el enojo de los pampas y se agregó a las tolderías de Ancafilú y Pichiman después de estar con ellos en el malón a Dolores.

Lo hallaron en el río Negro y le encargaron detener el avance brasileño en Patagones. Con poco más de veinte gauchos, todos mal armados, pero bien montados, rechazó el intento de desembarco, en una jornada que todavía se recuerda.

Cuando se anotició de la muerte de Dorrego, recorrió todos los campos, se detuvo en cada esbozo de pueblo, habló junto a la incierta luz de los fogones indios, por juntar tropas que enfrentaran a los unitarios. En ese afán se fue acercando a Federación, ese lugar arrinconado entre la nada y lo apenas posible, y en algún cruce de rastrilladas se encontró con Mesa.

Molina y Mesa comprendieron que compartían el mismo camino. Decidieron marchar con su gente, indios y gauchos fortineros, hacia Santa Fe, para rearmarse y volver a pelear, a ver si de una vez podían hacer una provincia de iguales.

La noche los encontró en una estancia que tenían los Acevedo, donde la huella cruzaba el tenue arroyo Pergamino en una cañada visitada por garzas y teros. Allí acamparon. Estaban a quince leguas al norte del fortín Federación; al lugar lo llamaban Las Palmitas.

La breve noche que la pampa tiene en febrero terminó cuando, madrugadores, Mesa y Molina vieron el lucero acompañado por otros brillos, en una conjunción como nunca habían conocido. ¿Qué señal sería esa?, se preguntaron. A mediodía tuvieron la respuesta, cuando desde el horizonte, como si hubieran bajado de esa escala de luceros multiplicados, nube desdibujada bajo la intensa luz, vieron a los lanceros unitarios que galopaban contra ellos.

La fuerza unitaria, fogueada en la guerra con Brasil y dirigida por Suárez, veterano de la campaña de Perú, atropelló y derrotó a los federales en poco rato, repitiendo una táctica que el oficial había usado con éxito en la batalla de Junín.

Para el anochecer Mesa y Molina ya no estuvieron juntos.

Mesa fue apresado y juzgado como traidor. No tuvo miedo cuando lo pararon contra la pared del fuerte de Buenos Aires.

—Será un honor —les gritó—que me maten como a Dorrego.

En el desparramo, Molina pudo escapar a la redada y buscó el camino que, intuyó, lo llevaría con los ranqueles. Ya vería luego cómo poner rumbo al sur.

Volvió de la frontera cuando quien gobernaba era Rosas, y lo asignaron al fuerte Independencia de Tandil, para escribir allí otro capítulo sobre la amplia hoja de la pampa, antes que otro viento o un nuevo temporal borraran para siempre la memoria de su paso.

Sólo el experto Ernesto Atencio conoce la ubicación de Las Palmitas, pero es conocido el lugar donde se levanta Junín, nombre que le dieron al fortín Federación por agradecer a Suárez su trabajo, y es fácil hallarlo en el mapa.

Nadie recuerda el andar a tientas de Mesa y de Molina, abriendo caminos en la historia, pero quien mire al naciente este febrero como entonces, antes de que aclare, verá con asombro los cinco luceros brillantes.

El autor nació en Junín en 1956. Escribió las novelas Almacén y despacho de bebidas El Alba (1992), Quema su memoria (2004) y El primer viaje (2010), y de los libros de relatos Entre gringos y criollos (2006) y Hasta que aclare (2017). Fue premiado por la Secretaría de Cultura de la Nación (1992), la Fundación Fortabat (1996) y la Fundación El Libro (2004)

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