sábado 08 de agosto de 2020

NOTICIAS DEL BICENTENARIO

San Nicolás de los Arroyos, efímera y sutil como el río que la atraviesa

Por: Javier Tisera

07 de febrero de 2020 · 11:02 hs.

San Nicolás, en la punta de la Provincia, cuna de querandíes unitarios y de vasto acervo en historias.

Los cielos del litoral desaguan en los arroyos. San Nicolás está anclada en el extremo norte del territorio bonaerense. La cuña de la selva de las Lechiguanas, su pasado unitario y sus calles recoletas del centro, la convierten en un paso obligado al viajero que cubre la ruta Capital Federal-Santa Fe.

San Nicolás está rodeada por agua, por eso de los arroyos. En el imaginario popular aparece como una “isla”; aunque no lo sea. Al igual que muchas de las ciudades del territorio bonaerense nació como establecimiento agropastoril en 1730; aunque en 1819 el Congreso de Tucumán (que terminó funcionando en la Capital) la nombrara ciudad. Hoy es uno de los partidos más chicos de la provincia, porque sufrió cuatro cercenamientos a manos de los porteños para conformar los partidos de Ramallo, San Pedro y Pergamino. Y finalmente la Suprema Corte de Justicia falló a favor de Entre Ríos por la posesión de las Islas Lechiguanas.

A pesar de ese traumático amor, entre nicoleños y porteños, siempre se rindió culto en este pueblo a la ciudad del Obelisco. A Borges le gustaba decir en sus charlas “mis familiares vivían del lado bueno del Arroyo del Medio”, y con esa frase se separaba a los bárbaros federales santafesinos y entrerrianos de la civilizada población de nicoleños.

Aunque antigua e histórica todavía tiene en sus calles y veredas, y en el interior de sus ranchos isleros y casas señoriales; mitos y leyendas que se susurran en las mesas de los bares.

Uno de los nicoleños menos conocido, inclusive en la propia ciudad, es Manuel Peyrou: un novelista de policiales y cultor de cuentos fantásticos. Cuando publicó en 1935 el “Estruendo de las rosas” fue celebrada como uno de los puntales de la literatura de este género. Unos años después; el propio Julio Cortázar admitiría que aprendió narrativa con los cuentos de este nicoleño olvidado.

Cuentan que la población originaria, es decir, los indios querandíes en territorio bonaerense, a quienes algunos les suelen decir pampas, y los Chaná Mbenguá en las islas, habían hecho un pacto. El Arroyo Yaguarón dividía territorios soberanos de ambas naciones. Aunque los unos y los otros se encontraban en las barrancas a intercambiar productos: pescados por harina de langostas tostadas; carne de ciervo por carne de nutria y carpincho; besos por abrazos, amistades y complicidades. Y todo esto, en medio de noches y días de amor y de guerra.

Pero en esas barrancas que caracterizan a las costas del Paraná, el agua cava produciendo desmoronamientos de la tierra, y se retira. Y en una de esas características cuevas que suelen utilizar los indigentes para dormir, los pibes para jugar en medio del misterio, o algunas parejas para alejarse de las miradas y las lenguas bífidas, cerca de la laguna La Esmeralda; vivió una mujer llamada Teresa, hija de un indio y una negra, que vaticinaba el futuro; era partera a domicilio, auscultaba almas y leía las estrellas.

La calle Francia no es la más larga pero es la más temida porque desemboca en el Cementerio que hizo construir el gobernador Rosas. Nos puntualizan los documentos que Don Juan Manuel se instaló más de un mes en el Barrio del Abrojal, y con un decreto le arrebató los enterratorios a la Iglesia. Este Cementerio civil, hoy municipal, fue ubicado en la zona de los Altos Verdes.

El cementerio municipal de San Nicolás (crédito de la foto: Municipalidad de San Nicolás)

La “calle de la igualdad” como la llaman los arroyeros tiene dirección hacia el norte. En algún momento fue la vieja Ruta 9 por la que transitaron Ewy Rosqvist y Ursula Wirth, conocidas por los fanáticos del automovilismo como “las suecas” que ganaron aquel Gran Premio Internacional de Autos de Turismo de 1962.

Decíamos que la calle Francia a la altura del 415, en donde hoy funciona el Movimiento Mariano, funcionaba la despensa de Adeonato Sívori. El matrimonio tenía cuatro hijos varones y una mujer. Es el primero de octubre de 1935 y está a punto de nacer su quinto varón. El gringo Sívori sale a buscar a Teresa; la zamba de la cueva. La partera, puso la palma de la mano en el vientre de Carolina Tiracchiab; y sentenció; “nace mañana a la mañana”. Al más chico de los Sívori lo bautizan como Enrique Omar; que va a ser apodado en el equipo de calle Francia como “Chiquín” por ser el más chico de los seis hermanos. El pibe se crió en la barriada de Francia. A sólo unas cuadras del “hormiguero” el barrio donde había nacido Guillermo Hoyos, ni más ni menos que el gaucho “Hormiga Negra”.

En una radio se presentaba el radio teatro:
“Hormiga Negra me llaman y vengo de San Nicolás,
y si alguno quiere probar si esta hormiga es brava y pica,
salgan machos a peliar y verán quién se achica”.

El Libro X (Folio 26) del Registro de Bautismos de la Iglesia de San Nicolás de los Arroyos figura el bautismo de Guillermo Hoyos, hijo de Rosa Leijas y Leonardo, ocurrido en 1837. El niño estaba en Alto Verde y según cuenta la tradición su padre, el bravo don Leonardo, era muy querido por la gente del lugar y se lo respetaba por su guapeza. Se lo llamaba Hormiga Negra por su pelo renegrido y además porque “cuando sacaba el facón”, lo hacía “picar pior que hormiga”. El rancho que había levantado era conocido como “el hormiguero”, tal como lo dice Eduardo Gutiérrez en su relato aunque también se lo llamaba “el rancho de los Hoyos” y “El hoyo de las hormigas”. A unas cuadras nomás de donde tenía la despensa de ramos generales Adeonato Sívori.

Chiquín Sívori salió campeón con Teatro en 1951 en la Liga local. Lo llevó River y debutó, ante Lanús, el 4 de abril de 1954 entrando en reemplazo de Ángel Labruna, y anotó el quinto gol de su equipo. Tres años después se lo lleva la Juventus (Italia); ese mismo año con la selección argentina, cuya delantera era apodada “los carasucias de Lima”, ganó el Campeonato Sudamericano. Hay que recordar que la zaga argentina se integraba por Orestes Corbatta, Humberto Maschio, Antonio Angelillo, Enrique Omar Sívori y Osvaldo Héctor Cruz.

Ahí fue, en Lima, donde Orestes Corbatta empezó a pensar que Chiquín estaba raro. Antes de entrar al Estadio Nacional de Lima, Corbatta le preguntó:

-Chiquín, ¿estás bien, vos?

-Sí, Orestes, ¿por qué me preguntás?

-Te escuché hablando en la habitación y no había nadie.

-Ahhh, estaba escuchando la radio -fue la respuesta.

Ese día todos por la actuación de Sívori lo declararon el Mejor Jugador del Torneo, aunque Maschio y Angelillo fueron los más goleadores.

A la noche, en el festejo de la goleada 6 a 2 a Chile, Chiquín desapareció un rato. Subió a la habitación, caminó unos pasos, se sentó en la cama y sacó la spica de la mesita de luz.

-Don Guillermo… Don Guillermo, ¿está por ahí?

-Sí, estoy acá, Chiquín, ¿cómo anduvo hoy?.

-Bien, Don Guillermo, le hice caso; me llevé dos de la defensa y siempre quedaban libres Corbatta o Angelillo. Se hicieron un picnic con los chilenos…

-Usted tiene que saber que el que defiende siempre está a la espera, y el que ataca es el pendenciero. Se lo digo porque estuve de soldado en Cepeda y en Pavón.

-Ehhh, Don Guillermo, la guerra es otra cosa…

-No vaya a creer… los dos tenemos alma de soldados. Siempre la cosa es ganar o perder.

-No quería dejar de agradecerle, Don Guillermo.

-Vaya tranquilo, disfrute, que San Nicolás siempre lo está esperando. Se vienen tiempos difíciles.

-¿Usted dice, Don Guillermo?

-Yo se lo digo Chiquín… ya sabe cómo encontrarme; camine por Francia y entre medio de las bóvedas; hay una tumba humilde donde la gente deja sus testimonios. Lo espero.

-Un abrazo Don Guillermo…

Después de la privatización de Somisa, allá por 1991, Clarín vaticinó que San Nicolás se iba a convertir en una ciudad de remiseros y kiosqueros. Lo que no tuvo en cuenta es que un pueblo que es precolombino y sobrevivió; tiene algo más que una empresa. Se fueron a la calle más de nueve mil trabajadores metalúrgicos. Sin embargo, a pesar de los sobresaltos y los ajustes, las privatizaciones abominables, y sus once hijos muertos en el Crucero General Belgrano, San Nicolás es una ciudad con todos los servicios. Con su manera de vivir, y a pesar de aquellos que la quieren seguir ordeñando, vive anclada como si fuera una isla. Inamovible. Guardando sus secretos, ésos que no se escriben ni figuran en las ordenanzas.

Los platenses la llamaron la ciudad de los poetas. En el industrialismo fue la ciudad del acero; en la postmodernidad la llaman la ciudad de María. Llamen como la llamen; sigue con su siesta a retaguardia; pero con un andar incesante; como entendiendo desde hace tiempo que su manera de vivir efímera es la única manera para sobrevivir entre poderosos: Rosario y la Capital Federal.

Cuando el viajero anda por la autopista y ve una luz titilante, casi mortecina, sabe que hay un pueblo que sirvió bajo todas las banderas, inclusive las del imperio español, y que conoce los secretos de la sobrevivencia.

El autor es periodista, escritor y docente, nacido y criado entre los arroyos de San Nicolás.

Javier "Caio" Di Lorenzo: Pintor e ilustrador. Profesor de la Escuela Provincial de Arte Nº 501.

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