sábado 29 de febrero de 2020

A UN AÑO DE LA TRAGEDIA DE MORENO

Sandra y Rubén, en el recuerdo de la comunidad educativa de Moreno

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02 de agosto de 2019 · 08:25 hs.

Quiénes eran Sandra Calamano y Rubén Rodríguez, las víctimas de la explosión de la escuela 49 de Moreno. Dos imprescindibles de la educación pública, capaces de llamar "hijos” a sus alumnos y compartir con ellos un mate cocido en los sábados de jornadas culturales, que se realizaban en esa institución.  

"Eran muy solidarios. Siempre pensaban en los demás, en qué te podían ayudar. Sandra era una mujer que sabía el nombre, apellido y la historia de cada alumno. Rubén hacía treinta años que trabaja en la escuela y ayudaba a una familia por fuera del trabajo", describe con nostalgia Hernán Pulstinik, un docente que conoció de cerca su labor y su dedicación.

Según cuentan sus compañeros de escuela, Sandra nunca "hacía sentir su jerarquía" de vicedirectora y transmitía "un empuje increíble" y "palabras de aliento". De hecho, varias propuestas innovadoras que algunos docentes querían implementar con sus alumnos eran recibidas con apertura por parte de la mujer.

El caso de Rubén Rodríguez es similar. Sus allegados más cercanos dicen que recién varios meses después de su muerte, se enteraron de cosas que no sabían sobre él. Como la ayuda solidaria que prodigaba a un vecino con diabetes, a quien le compraba los medicamentos. También el testimonio de un vecino que asegura que Rubén "salvó la vida de su hija".

"Un vecino del barrio le dejaba la hija a Rubén porque no podía cuidarla mientras trabajaba. Pero justo el día de la explosión, mi hermano le dijo que no, que no podía porque no iba a estar. Tiempo después, el padre de esa chica se me acercó y me dijo que ´él le salvó la vida a su hija´”, contó para INFOCIELO, Diego, el hermano de Rubén.

Pero las anécdotas sobre los dos fallecidos no terminan allí. Los compañeros de trabajo de Rubén cuentan que la noche previa a la explosión, el hombre se fue temprano de un cumpleaños porque "no quería dejarla sola a Sandra”, quien debía abrir las puertas del establecimiento a primera mañana. Por esos delirios del destino, Rubén llegó a tiempo para acompañar a la vicedirectora.

Es que, a partir de los testimonios de sus amigos y colegas de la escuela, se puede entender que tanto Rubén como Sandra eran "militantes de la educación pública”. Gente capaz de llamar "hijos” a sus alumnos y compartir con ellos un mate cocido en los sábados de jornadas culturales, que se realizaban en esa institución.  

"Los alumnos siempre los recuerdan. Siempre hablan de ellos y en las horas de plástica, hasta los dibujan”, agrega Pulstinik.

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