Sociedad La Plata
27 años en la esquina de 16 y 63

El diario de Oscar: la historia de uno de los últimos canillitas de La Plata

Llegó hace 32 años desde Perú. Oscar es canillita, de los últimos que quedan en La Plata, pero además es radiólogo y tiene 5to año cursado de Medicina.

Hace tres días que llueve sin parar en La Plata. Oscar, de los últimos canillitas que quedan en la ciudad, espera sentado. Su rutina, se repite como hace 27 años: a las cinco y media de la mañana se acomoda en una silla de plástico blanca gastada apoyada contra el frente de una casa platense. Viste un piloto amarillo patito que lo cubre de pies a cabeza. Solo se le ve la cara, solo se le ven sus ojos. Está atento por si llega algún cliente.

En la esquina de 16 y 63 lo conocen todos. El barrio ya lo adoptó.

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Oscar Estrella tiene 50 años, llegó a los 18 desde Perú para estudiar. Cursó y aprobó quinto año de Medicina, pero la vida lo puso en una encrucijada. Cuando tenía apenas 23 años y una hija en camino, abandonó su sueño para poder criarla como se merecía.

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Oscar está siempre en la esquina de 16 y 63 en La Plata

Oscar está siempre en la esquina de 16 y 63 en La Plata

Le faltaban los dos últimos años y eso le significaba estar metido adentro del hospital con materias muy intensivas. No podía hacer las dos cosas.

“O me la jugaba para ver cómo me iba en la carrera o dejaba todo y trabajaba para poder darle de comer a mi hija. Eso elegí”, cuenta.

A los pocos meses le surgió una posibilidad para vender diarios y no la desaprovechó. Era el boom en ese momento. Igual pensaba que iba a ser por un par de años hasta poder recibirse. Nunca más lo dejó.

Desde ese momento, Oscar vive a contramano de los horarios normales. 4:30 madruga el despertador que le dice que es hora de ir a buscar los diarios. Una hora más tarde llega a la esquina que él mismo inauguró. Así de lunes a sábado durante la mitad de su vida. Pero no se queja. Es feliz.

Pese a que no se pudo acostumbrar a dormirse temprano y se acuesta siempre después de las doce de la noche, nunca falta la siesta de tres horitas a la tarde.

Oscar cuenta que una de las cosas más importantes de la vida es ser agradecido.

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Otra postal de Oscar en La Plata

Otra postal de Oscar en La Plata

Cuando su hija era chica, lo acompañaba a su trabajo y se quedaba en el auto. Ahora su compañía de todos los días es su bici triciclo roja que lo espera con los diarios listos para vender en su canasto. -Y hasta le sirve de terapia- dice.

Como él hace a veces con los vecinos que se le acercan a charlar y a contarle sus problemas mientras le piden un diario. Hasta llegó a analizar estudios médicos de los clientes cuando se enteraron que estudiaba medicina.

“La relación con los vecinos del barrio es casi de amistad, me gané la confianza de ellos e incluso en invierno me traen un café, sanguchitos y en verano algo fresco para tomar”, detalla.

Durante los casi 30 años como canillita, Oscar nunca se enfermó pese a vivir días de mucho frío, tormentas, calor y mucha humedad. Siempre hay algo que lo motiva a no claudicar.

“La responsabilidad que uno debe tener ante la vida, la perseverancia, dar el ejemplo y enseñarle a mi hija que vea que no es fácil si uno no sigue una carrera me motiva a seguir”, describe. Pese a no haber podido terminar medicina, volvió al estudio y se recibió de radiólogo, pero tampoco pudo ejercer.

De golpe la entrevista hace una pausa y Oscar se aleja. Agarra con mucho cuidado un diario debajo del nylon apoyado en el canasto de la bici roja, salta el charco que lo separa de una camioneta blanca que frenó en la otra esquina y se lo entrega. Vuelve con una sonrisa. Y sigue.

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-Cómo cambió todo-dice. “Antes era así todo el día hasta que se terminaban. No pasaban cinco minutos que ya vendía otro. Ahora se limita a las personas mayores y lo leen más por tradición o por el hecho de no acostumbrarse a una pantalla digital”.

Dice que cuando arrancó llegaron a ser más de 300 los canillitas y ahora sólo quedan 40. No se resigna a que algún día no exista más el diario papel pese al infrenable avance de la tecnología, pero sabe que tarde o temprano se terminará.

Oscar sueña en voz alta. “El diario fue mi instrumento de vida, pero cuando no esté más llegará el momento de validar mi título de radiólogo”.

Son las doce y media del mediodía. Terminó su día laboral en la esquina de siempre. Agarra su bici roja y se va pedaleando mientras se escribe una nueva historia en el diario de Oscar.

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