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Así es la vida en alta mar: 10 fotos increíbles desde un imponente buque petrolero

Descubrí a través de estas 10 fotos del fotógrafo y tripulante de navío Raúl Bravo cómo es el día a día navegando durante meses a bordo de un buque petrolero

Raúl Bravo se embarcó como marinero por primera vez un 17 de agosto de 1984, cuando tenía apenas 25 años. Hoy, con 62, continua desempeñándose como tripulante de navío en un inmenso buque tanque que transporta combustibles desde la emblemática refinería de YPF en La Plata hacia distintos puertos del país. En diálogo con INFOCIELO, el experimentado navegante, que retrata sus viajes con fotos increíbles, cuenta cómo se vive en el océano, a miles de kilómetros de distancia del hogar y la familia durante extensos períodos de tiempo.

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"Empecé como marinero y ahora mi rol es el de contramaestre, algo parecido a un encargado o capataz de los marineros", precisa Bravo desde Comodoro Rivadavia, donde aguarda junto con el resto de la tripulación que las condiciones climáticas mejoren para poder descargar el cargamento en el puerto local aunque, según analiza, "parece que el viento va a aflojar recién el próximo miércoles".

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Bravo trabaja desde hace más de 10 años en el mismo navío, un buque tanque de 170 metros de eslora –largo–, 23 de manga – ancho–, y con una altura visible que equivale a un edificio de 5 pisos.

"Desde que empecé a navegar, lo hice en buques tanque, de transporte de productos químicos o, como ahora, de combustibles", dice el tripulante y comenta: "Desde el 84 al 92 navegue afuera: Europa, África, Estados Unidos, Brasil, México, Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Panamá".

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Desde sus primeras experiencias como navegante hasta la actualidad, las cosas cambiaron bastante, fundamentalmente en lo que refiere a las comunicaciones. Según cuenta Bravo, en tiempos en los que no había teléfonos celulares ni existían las redes Wifi, la forma de ponerse en contacto con familiares estando en alta mar era a través de un sistema de radiocomunicaciones en conversaciones abiertas que eran escuchadas por todos los barcos. La otra opción era aguardar a tocar tierra firme para poder hacer un llamado en forma privada.

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"Había otro ambiente en el barco también. El truco, el ping pong y los videocasetes hacían que pasáramos más tiempo socializando a bordo. Hoy terminás de laburar, comés y rajás al camarote a zambullirte en la notebook a ver la serie que esté en ese momento", reconoce Raúl y agrega: "En mi caso siempre fueron los libros los compañeros de camarote. En la valija es lo primero que guardo".

Otro cambio mucho más reciente se vincula con el contexto de pandemia, que requirió la implementación de medidas completamente inflexibles para evitar contagios de Covid-19. "Antes de la pandemia, al llegar a puerto el que no tenía guardias o estaba libre, podía bajar a tierra, estirar las piernas, tomarse una cerveza, tener un respiro en el embarque; pero con la pandemia y los protocolos no bajamos más en ningún lado", indica Bravo, que al igual que el resto de la tripulación cuenta con las dos dosis de la vacuna contra el coronavirus.

Además, antes de embarcar, se aísla en un hotel a todos los trabajadores que participarán de la expedición y recién son trasladados hasta la embarcación en una combi una vez que el resultado del doble hisopado que deben realizarse, da negativo.

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Raúl describe al buque como "una mini ciudad en la que todo tiene que funcionar". Para que eso ocurra, las reglas internas son estrictas: los marineros tienen una guardia rotativa de 4 horas al día, mientras que Bravo, por el rol que ocupa, debe estar disponible en todo momento.

Con la misma rigurosidad se respetan los horarios de cocina, que se adecúan al sistema de guardias. "Se almuerza a las 11 de la mañana y la cena es a las 19", indica el hombre de 62 años y observa: "Uno siempre está amoldándose a los horarios, ya sea cuando recién embarcas después de haber estado en casa, o en casa ,después de haber estado embarcado; aunque se siente más en este último caso".

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El buque realiza viajes relativamente cortos, que suelen tener una duración de entre una semana y 20 días, transportando combustibles desde el puerto platense hasta el de Comodoro Rivadavia, el de San Lorenzo (Rosario) y el de Ushuaia.

La paciencia se vuelve central en cada expedición. "En el barco todo tarda el doble, parecen de goma los días. Al revés que en casa, que se van muy rápido", señala Bravo, aunque al mismo tiempo aclara que todo puede cambiar de un momento a otro: "Se levanta un viento de locos y pasamos de la tranquilidad del domingo almorzando a salir de raje a levantar el ancla y navegar hasta que afloje el viento".

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También es importante la capacidad de adaptación constante a trabajar todo el tiempo con personas distintas, ya que el personal va rotando cada 15 o 20 días; y a estar lejos de los afectos personales. "Es muy difícil estar lejos de casa, perderte navidades, cumpleaños. Algunos de los muchachos han perdido parientes estando embarcados y hasta que el barco llega a puerto ya pasaron tres días y no han podido despedirse", indica el navegante, aunque también rescata varios aspectos positivos: "Pude conocer puertos que solo conocía por libros y que, si no fuera por este trabajo, creo que nunca hubiera conocido. Además tengo la comodidad de 'estar' en el trabajo, no tengo la necesidad de levantarme a las 4 de la mañana para viajar dos horas al laburo y después volver a casa, cenar y a la cama".

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El hecho de trabajar al aire libre y en un lugar tan único como es el océano, le permite también fusionar sus dos grandes pasiones: el mar y la fotografía. "La fotografía me gusta desde que hice el servicio militar. Me acuerdo de un compañero que escribía y pensábamos hacer un libro escrito por él y con mis fotos", recuerda Bravo, que se inició como autodidacta. "El amanecer, el atardecer, la luna, otros barcos, mis compañeros, situaciones, lo que venga pasa por el ojo de la cámara de Raúl", concluye.

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