domingo 10 de octubre de 2021
OPINIÓN

Sin alegría no hay fútbol y menos en un charco de sangre

La continuidad de las competencias de Conmebol ante la creciente ola de violencia en Colombia expone varios puntos. ¿Qué es el fútbol en medio del dolor?

Andrés Caviglia

Por Andrés Caviglia

¿Para qué la gente juega al fútbol?, ¿por qué nos tiran una pelota apenas después de ponernos los pañales? El fútbol no es sólo un deporte: el fútbol acá, para nuestra comunidad, es sinónimo de felicidad. Desde las bases no jugamos por competir. Jugamos porque nos hace felices y después sí, si aparece la posibilidad de competir también lo hacemos, porque amamos el fútbol y porque en esa competencia habita la gloria y detrás de la gloria está, esperándonos de nuevo espléndida, la alegría.

Aun cuando no lo jugamos, el fútbol es un iniciador de secuencias vinculadas con la felicidad. La proximidad del partido, la organización previa a contemplarlo: el compartirlo. El cómo, el dónde, cuántos. Todo lo que ocurre antes del partido toma forma de oasis de felicidad. Aún cuando la mano viene desfavorable. Allí, la incansable esperanza resurge para darle pelea a cualquier realidad adversa y emerge de las profundidades esa felicidad que nos acompaña en cada rodar de la pelota.

El miércoles por la noche millones de hinchas en Argentina -del equipo que sea- le dieron rienda al ritual. Prendieron sus televisores para ver el duelo entre River y Junior en Barranquilla y lo mismo ocurrió en Uruguay donde otros tantos igualaron el ritual del otro lado del charco. Nacional también debía cumplir con Conmebol en un territorio de mínima inestable, tal como lo remarcó Marcelo Gallardo en conferencia de prensa.

Allí en Colombia la felicidad no brota del césped. Lejos estamos de ver a esa mayoría morena ensayar sus bailes en cada gol mientras lucen sus peinados que serán replicados por los blancos de estas latitudes en una inocente apropiación cultural.

No hay bachatas. Hay corridas. No hay sonrisas de marfil. Hay disparos. No hay alegría. Hay desaparecidos, miedo, sangre y autoritarismo. Hay de todo y también hay fútbol, pero uno sin alma. Una sombra de lo que debiera ser. Es una fiesta sin música y sin invitados. No hay bachatas. Hay corridas. No hay sonrisas de marfil. Hay disparos. No hay alegría. Hay desaparecidos, miedo, sangre y autoritarismo. Hay de todo y también hay fútbol, pero uno sin alma. Una sombra de lo que debiera ser. Es una fiesta sin música y sin invitados.

La decisión de Conmebol de subir el volumen de la música en los vestuarios para que no se escuchen los disparos es de mínima macabra. Por eso la presentación de la canción oficial de la Copa América “Fiesta” en medio de las balaceras y la discusión por la cantidad de desaparecidos -para la Defensoría del Pueblo de Colombia son 168 mientras que para la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas son 379- no sorprende, expone.

Delata los esfuerzos denodados de Conmebol para no mostrarse vulnerable ante los ojos del mundo que se posarán en breve para ver a las figuras del fútbol sudamericano hacer lo que más saben: dar felicidad.

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La Conmebol no detiene el fútbol pese a los disparos y la sangre derramada pero sí presentó la canción oficial de la Copa América.

La Conmebol no detiene el fútbol pese a los disparos y la sangre derramada pero sí presentó la canción oficial de la Copa América.

Conmebol es el mismo ente que le envió a la empresa china Sinovac tres remeras firmadas por Messi en agradecimiento a las 50 mil vacunas que llegaron a Uruguay para que el show continúe. Los chinos hicieron su negocio y mientras los dueños de la pelota buscan resguardar el suyo, miles de uruguayos la vieron pasar. Literalmente.

“El fútbol es la cosa más importante dentro de las cosas menos importantes”, dijo alguna vez alguien que puede ser el filósofo César Torres, el ex jugador Jorge Valdano o el técnico Arrigo Sacchi, lo mismo da. Quizás para explicar el fenómeno de la número 5 no alcance con una sola mente iluminada.

Lo que sí se entiende es que hay límites que han sido sobrepasados. Lo que sí está claro es que no se puede jugar al fútbol sobre la sangre. Lo que sí está en evidencia es que el fútbol sin alegría, es una cagada. Una maqueta de lo que debiera ser. Un reflejo triste que no debería tener tantos protagonistas participando pasivamente, ni tantos espectadores pasmados. La lucha de las calles, la realidad de los que pelean por la salud de millones, debiera caminar abrazada de la empatía de quienes entendemos que, dentro de las cosas que realmente importan, no está el fútbol.

Está la igualdad, está la libertad, está la justicia social, está el derecho a ser felices y está ella, la que le da sentido a todo y al fútbol también: la alegría.

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