Sociedad
ADELANTAMOS UN RELATO

Daniel Gollán presentará un libro de cuentos

Además de médico sanitarista, el precandidato a diputado, Daniel Gollan, es aficionado a la literatura. Te mostramos uno de los cuentos inéditos.

El miércoles 25 el precandidato a diputado Daniel Gollan presenta su libro de cuentos "Cuentos de Taller", con la presencia de Florencia Saintout, Directora del Consejo Provincial de Coordinación con el Sistema Universitario y Científico, el jurista Luis Arias, y la cantautora Teresa Parodi.

"Escribí estos cuentos incentivado por la pertenencia a un taller literario de esos que aún sobreviven en forma casi anónima" dijo Daniel Gollan en relación a su motivación por escribir estos cuentos.

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El evento se realizará en vivo a las 16 horas, a través del canal de youtube de TV Universidad

La edición publicada por Adulp, está compuesta por 24 cuentos y 15 poemas escritos por el ex Ministro de Salud bonaerense en un taller literario. Además el libro está prologado por la famosa cantautora Teresa Parodi quien afirmó que el autor "conoce tanto el alma como el cuerpo de los demás, no solo por su tarea específica, sino también por su militancia comprometida con un ideal político donde el otro, la otra, es central a la hora de pensar el mundo".

Infocielo accedió al libro, a continuación uno de los cuentos de Daniel Gollan:

PANCRACIO

No habíamos ido hasta Mar del Plata para perder el tiempo mirando un partido de fútbol. Después de aguantar estoicamente el primer día del tedioso Congreso Panamericano de Clínica Médica, disponíamos de varias horas para entretenernos. El cielo plomizo y el viento helado no invitaban a andar por ahí, pero el enfrentamiento entre Vélez y Chacarita del viernes por la noche resultaba un programa menos atractivo que paseo dominguero en auto por Buenos Aires, para un tachero porteño. De modo que decidí salir a caminar las dos horas que durara el match. Después sí, una buena cazuela de mariscos acompañada de vino tinto y pan tostado con aceite de oliva nos esperarían en algún restorán del puerto.

En realidad, el clima destemplado no era una contrariedad para mí; siempre he disfrutado de caminar en las noches frías con el abrigo apropiado. Me molesta cuando llueve, pero desde el atardecer no había vuelto a caer una gota. Las calles del centro mostraban algún movimiento no turístico en ese fin de semana de invierno. Instintivamente, enfilé para el lado del mar, mientras mi mente se distraía con ramilletes deshilachados de esquizoides pensamientos. Qué boludez estos congresos, siempre lo mismo, un curro de los laboratorios para vender alguna nueva porquería a la gente; todavía la quiero; Osvaldo y José son buenos muchachos pero qué pelotudos quedarse mirando un partido de mierda, ninguno de los dos es de Vélez ni de Chacarita, ¿a vos te parece?; la extraño, cómo pude meterme así; Mar del Plata no es la panacea, pero salir un par de días de Buenos Aires para encerrarse en un hotel a mirar un partiducho de morondanga; qué podía esperar de una pendeja, sabía que me iba a cagar la vida; me la cagué yo solo; ¡Che, mirá qué rubia hermosa!; la mierda, qué fresquete hace; la extraño; si vuelvo otra vez va a ser para peor; cómo puede ser que a esta altura de la vida me haya enamorado de esa forma.

De pronto me hallé frente al mar, en la explanada de los lobos marinos. Justo frente al mar, como hacía dos meses con ella, pero al pie del faro; también había viento, aunque en ese momento era del Oeste, porque la playa le había ganado la pulseada al agua por más de doscientos metros. Me senté en la escalinata a mirar la nada. Tal vez lo que me llevó hasta allí haya sido el recuerdo de un tío paterno, nativo de Monte Hermoso. “Cuando la estés pasando mal y no encuentres con quien hablar acude al mar, que te dará las respuestas”, era su ridícula máxima. Y de estar mal, sabía mucho, como que si no fue el rey de las desventuras, habrá sido el príncipe. Sus contratiempos comenzaron el mismísimo día de su bautismo: Pancracio lo llamaron –siempre he pensado que un padre tiene que ser muy cretino para ponerle semejante nombre a un hijo, pero no, mi tío abuelo se enorgullecía de la gracia que por generaciones había acompañado a la familia–, y terminaron la noche en que tomó la mejor decisión de su vida: acabar con ella. Se suicidó ahogándose en su mismo mar confesor, a lo Alfonsina.

Y bueno mar, aquí estamos; la extraño. ¿Qué tenés para decirme? Treinta años de diferencia, ahora está todo bien pero, dentro de diez, ¿qué pasaría? ¿De diez? ¡Qué optimista, en uno ya te está metiendo los cuernos! ¿Y, mar, qué pasa? Son dos mundos diferentes, pero me ama como soy, eso dice. Hice bien en dejarla, otra no cabía: es tan hermosa, tan suave, tan tierna, sí, pero histérica: ¿Quién no lo es? ¿Podré quitarla un instante de mis pensamientos? ¡Bah, cortala, ya me tenés podrido!

La cerrazón era tal que no se divisaba la diferencia entre cielo y agua. Solo algunos leves penachos de espuma blanca encaramada sobre las crestas de las olas y el cadencioso romper de cada una revelaban la presencia líquida. Miré la hora. Ya deben estar en el entretiempo. Mejor me vuelvo caminando despacito. Enfilaba para el lado del hotel, absorto en mis pensamientos, cuando un súbito chaparrón de lluvia finita me intimó a buscar refugio bajo el techo de las galerías con arcadas. El contraluz de la iluminación de la avenida tornó, por un instante, la penumbra en total oscuridad. Continué caminando a tientas, esperando que se acomodara la vista y ahí escuché la voz gutural, como proviniendo de unas catacumbas.

—¡Eh, eh, eh, eh!

—¿Qué mier…? —grité mientras mi corazón daba un vuelco y las piernas, en un brinco automático, me impulsaban dos metros para un costado.

—Che, ¿no ves que casi me llevás por delante?

—¡Pero pedazo de pelotudo, el cagazo que me hiciste pegar...!

Por inercia prolongué el andar hacia la avenida, con los pelos aún erizados. Pero mirá vos este viejo boludo –no sé por qué lo imaginé viejo–, casi me mata de un susto; bueno, el boludo fuiste vos que no lo viste y casi lo pisas, ¿pero qué decís? ¿Qué corno tiene que estar haciendo ese tipo ahí? Ese tipo es un pobre hombre, un vagabundo... que seguramente no tendrá ni dónde dormir... con este frío... y vos lo cagaste a puteadas... ni siquiera te respondió, pobre desgraciado... no tenías derecho. ¿Y ahora, qué hacemos...? ¡No, no, no! No me digas que... y sí, tenés que hacerlo.

Mi paso se detuvo justo sobre el cordón de la vereda. El semáforo paralizó el tránsito. Miré hacia atrás y hacia delante... y di media vuelta.

—¡Señor! —llamé desde el extremo de la galería.

—...

—¡Eh, señor! ¿Me escucha?

—¿A mí me hablás?

—Sí… quería… quería pedirle disculpas —dije y me acerqué un poco más a la silueta oscura.

—...

—Vea usted, yo soy el que lo insultó recién injustamente, es decir, fue una reacción por el susto, pero no quise...

—¿Vos me estás pidiendo disculpas a mí?

—Y... sí. Es lo que corresponde, ¿no?

—Tanto tiempo hace que nadie me pide disculpas. Además, no sé si me las merezco, yo acá soy un estorbo.

—No, no, usted está en todo su derecho de estar donde quiera...

—Bueno, disculpas aceptadas, pero a cambio de un cigarrillo, ¿tenés?

—Sí. —respondí extendiéndole la cajetilla.

—¿Fuego?

—Tome —le entregué el encendedor de plata con las iniciales que ella había hecho grabar en San Antonio de Areco, en una de esas tantas tardes de sentarnos a leer y conversar, mate en mano, debajo de algún eucalipto, su árbol preferido.

La manera de hablar denotaba un buen nivel cultural. Usaba términos correctos, modulaba adecuadamente los tonos de voz, articulaba bien las palabras, pausadamente, con prudente cordialidad. La llama dejó ver por un instante su rostro enjuto, de nariz afilada, ojos celestes. Lo demás era encanecida cabellera y barba. Junto a él, apoyada contra la pared, hacía equilibrio una bicicleta rodado chico con un bolsón de cuero gastado en la parte posterior, del que colgaba una maltrecha navaja suiza. Mi neurosis obsesiva me conmina a captar rápidamente los detalles –defecto útil en la clínica médica–, pero más que eso no pude registrar del escenario. Cuando se extinguió el fugaz fogonazo todo siguió siendo siluetas negras.

—Espléndido encendedor.

—Sí, es un regalo de alguien que... bueno, es una larga historia.

—Un desamor.

—Y... a esta altura ya no sé, cosas de la vida, ¿vio?

—Mirá pibe, si de desventuras en la vida se trata, estás en presencia del número uno —se quejó, antes de exhalar placenteramente el resto de la última pitada que había retenido en los pulmones durante toda la frase.

—¿En temas de amores?

—En todo, aunque mi peor desamor es mi mejor recuerdo.

—No entiendo.

—Porque las cosas se ven mejor a la distancia, y vos todavía no podés hacerlo. Yo sí, y por suerte, porque es lo único que puedo rescatar de mi vida. La amé, la amé con locura ¿Querés que te cuente?

—¡Claro! —respondí con entusiasmo casi sin darme cuenta.

—Bueno. Yo venía de un final de matrimonio que jamás debió comenzar. Todo iba muy mal, pero muy mal... —se detuvo, como si durara seguir, pero después de carraspear continuó—. Mis dos hijos pagaron las consecuencias y aún hoy, creo, porque es muy poco lo que sé de ellos... —la voz se le quebró levemente— ...intentan rehabilitarse... de las drogas.

Tomó aire, se repuso y continuó la explicación con un tono más técnico.

—Mi carrera bancaria había sido un regalo de la Argentina del bienestar y la estabilidad laboral, ¿entendés de qué te hablo…?

—Sí, claramente.

—…de cadete a gerente —acompañó el gesto trazando un semicírculo en el aire con su mano oscura—, todo bárbaro, hasta la época del “turco”, el riojano...

—Sí, sí, entiendo, no lo nombre por favor que es mala suerte.

—Ahí me rajaron del banco, y con la indemnización puse un comercio. Vos viste, los bancarios nos creíamos que, en temas de guita o negocios, lo sabíamos todo. Como verás, la empresa terminó en desastre. Pero fue ahí que la conocí a ella. No hizo falta mirar el escuálido currículum que presentó para asignarle el puesto de trabajo.

—¿Edad? —pregunté aprovechando la pausa de una nueva pitada.

—Veinticuatro, yo tenía cincuenta. Sin abundar en detalles, un ángel. Gustos similares, ansiedades compartidas. No podía dejar de ser una piba de los noventa, pero cargaba con angustias que se asociaron a las mías. Tenía un noviecito con el que se maltrataban mutuamente. Decidió abandonarlo a poco de comenzar lo nuestro. Claro, temporalmente. Pasó lo de siempre, lo que uno sabía que debía pasar, pero comienza a negar a medida que el amor ciega la razón y el ego se carga de vanidad. Pura necedad. ¿Me entendés, no?

—Completamente.

—Entonces, lo que no debía ser amor se convirtió en amor, donde no debía haber celos aparecieron los celos y, con ellos, los sentimientos de traición. Lo que nació libre y sin compromisos, con noches de amor apasionado seguidas de esa paz absoluta de los cuerpos exhaustos y entrelazados, se fue volviendo… obsesión; porque el amor suele ser obsesivo, pero hay que ponerle un límite —hablaba de corrido, como si ya no fuera a detenerse y, de a ratos, parecía estar explicándose a sí mismo—: ella, a quién cualquier atisbo de perdurabilidad le producía terror, comenzó a hacer gala de toda la histeria femenina disponible, de querer y no querer, de insinuar y no concretar, de proponer y no sostener. Cuatro o cinco veces decidimos cortar para no lastimarnos después de lastimarnos, para no destruir lo hermoso que había sido. Y reincidíamos, porque en el juego histérico ya estábamos metidos los dos. En ella era comprensible, veinte años, pero ¿en mí? Ridículo, ¿no? Fue entonces que tomé, sino la mejor, la segunda mejor decisión de mi vida: dejarla. Muchas veces me llamó, aún después de quebrar el negocio. No puedo olvidar lo nuestro, decía. De a ratos sentí una enorme tentación. Pero hay veces que un “no” doloroso es mejor que un “sí” inútil. Pude salvar el recuerdo. La amo desde el recuerdo. Y es lo mejor que tengo.

El cigarrillo se había consumido. Oprimí el botón de mi reloj luminoso. El segundo tiempo debía de estar avanzado. Me despedí y me fui con esa sensación de estar más liviano, de haber dejado algo. ¡El encendedor! ¡Qué boludo, le dejé el encendedor! Desanduve presuroso las tres cuadras que había caminado. Obvié esperar la luz roja de la avenida. Crucé esquivando los pocos vehículos a esa hora. Jadeando llegué a la galería. No había nadie. La recorrí dos veces. ¡Señor, señor!, llamé reiteradamente, ni su nombre le había preguntado. Indagué a dos policías que hacían la ronda.

—Acá no, señor, imposible. Pasamos varias veces esta noche y no vimos ningún vagabundo —dijeron.

—¿Están seguros?

—Absolutamente. Si hubiera habido alguno, lo llevábamos a la comisaría. Esa es la orden que tenemos.

—Gracias agente, buenas noches.

Quedé solo, tratando de comprender, escudriñando el entorno. Y ahí lo vi. El destello fulgurante sobre la arena, pegado a la escalinata, sobresalió en la penumbra. Mi encendedor de plata, junto a varias pisadas y una huella de bicicleta, claramente impresas sobre la arena húmeda. Las seguí, esforzando la vista, hasta que las aguas del oleaje amenazaron mojar mis zapatos. Tomé el encendedor y, no sé por qué, lo arrojé con fuerza, mar adentro.

¿Vos estás seguro que no te tomaste unos tragos de más?, bromearon mis amigos durante la cena, al comentarle el extraño episodio de la playa. La mañana siguiente, al escaparnos un rato de la insoportable exposición del especialista norteamericano que promocionaba las bondades del nuevo reductor de colesterol, insistí en mostrarles el lugar. El viento oeste había borrado todo vestigio de nubes, y el océano ensayaba remedar el azul intenso del cielo, ardua tarea para las amarronadas aguas del Atlántico argentino.

—Ahí fue, ahí sucedió todo —les indiqué con el dedo índice.

—Ma sí, flaco, ¡dejate de joder! —respondieron entre risas mientras seguían de largo levantando arena con los zapatos como dos adolescentes en viaje de egresados.

Me acerqué y fijé la vista sobre la pared, tapizada de grafitis y nombres, donde el viejo apoyaba la espalda mientras hablaba. Mi corazón dio un brinco. Perfectamente destacada del resto por su reciente confección a punta de navaja, se leía: PANCRACIO. Instintivamente giré la cabeza para llamar a José y a Osvaldo, ¡aquí había una prueba del insólito episodio! Pero me quedé en el gesto. Era inútil. Seguramente se trataba de una simple coincidencia; bien lo podía haber escrito uno de los tantos Pancracios que andan sueltos por el mundo.

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