Política y Economía
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Malena Galmarini: “Aysa estaba al borde de la quiebra cuando llegamos”

Los números rojos de la empresa, el rol social que se potenció durante la pandemia y el debate sobre el nuevo rol del Estado post Covid-19.

Malena Galmarini lleva siete meses de gestión como presidenta de Aysa, de los cuales cuatro se vieron atravesados por la pandemia de Covid-19. En qué estado se encontraba la empresa cuando llegó la nueva administración, el impacto que tuvo el acuerdo entre Mauricio Macri y María Eugenia Vidal por desestimar el reclamo por la coparticipación de la provincia de Buenos Aires y la importancia de la “nueva mirada social” con la que se busca resignificar el rol del Estado.

“Podemos dividir la gestión en pre pandemia y pandemia. Una cosa fueron los cuatro meses con Covid y otra fueron los tres anteriores. En honor a la verdad, los primeros fueron muy duros porque la empresa estaba casi quebrada cuando llegamos”, advierte de entrada la funcionaria, en el mano a mano que mantuvo con Infocielo desde su despacho.

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En efecto, la empresa tenía una deuda acumulada –a vencer en febrero del 2023- de 500 millones de dólares. “Era una bomba de tiempo. Aysa debía mucha plata, pero no solamente a los contratistas. Nos encontramos con cien obras paradas por falta de pago de varios meses. Nosotros tenemos dos grandes ejes: uno es el de la construcción de redes y otro el de la operación de las mismas; que tiene que ver con potabilizar el agua, llevarla a las casas y el camino inverso con el líquido cloacal. Mi preocupación en diciembre del año pasado no radicaba tanto en cómo poner en marcha las obras, sino en cómo hacer para que quien tenía agua en ese momento, no dejara de tenerla”.

-¿Conocías la situación real de las finanzas de la empresa al asumir?

-Me enteré cuando llegué. Nosotros dependemos del Ministerio de Obras Públicas de la Nación. Me acuerdo cuando lo llamé al ministro Gabriel Katopodis y le conté cuál era el cuadro de situación. Ninguno de los dos podía creer cómo hicieron para dejarla en ruinas en tan poco tiempo.

-¿Cuál fue la reacción del Gobierno a la hora de renegociar las partidas del presupuesto?

-Empecé a peregrinar, en el buen sentido, por todos lados. Tuvimos el apoyo de Katopodis, el del secretario de Hacienda, el del ministro (Martín) Guzmán. Incluso, en algún momento tuve la oportunidad de hablarlo con el presidente.

-¿Qué respuesta dio Alberto Fernández en ese momento?

-Me acuerdo que le dije: ‘Mirá, Alberto; si no hacemos algo vamos a terminar liquidando la empresa. En lugar de ser la presidenta, voy a terminar siendo la liquidadora. Esto no es lo que vos querés, no es lo que yo quiero y no es lo que los y las vecinas necesitan’. Ya cuando me ofrecieron el puesto sabía que tanto para el presidente, como para el ministro, el tema del agua y las cloacas era prioritario.

-Fue un momento de salir a pelear partidas, porque fueron varios los ministerios y áreas que presentaban una estructura deficitaria al momento del cambio de Gobierno

-No era una frazada corta, era un repasador. Fueron meses de mucho trabajo, en el que no paramos. Hay que recordar que antes de la pandemia, el país estaba quebrado y la empresa no estaba en una situación muy distinta. Era complejo ir a las reuniones de gabinete a presentar un presupuesto, cuando vos sabés que el Estado no tiene recursos. Había que empezar a poner prioridades y el Gobierno nacional se comprometió con una política clara de reasignación de 35 mil millones de pesos. Después de la pandemia, fueron muchos los que se dieron cuenta de la importancia de tener agua potable. Siempre digo que las crisis generan ventanas de oportunidad y esta fue una.

En febrero de este año, cuando el Covid-19 avanzaba de a poco en territorio europeo y todavía era percibido por los argentinos como un “mal lejano”, el Gobierno lanzó el programa Argentina Hace. Fueron 187 las obras de Aysa anunciadas, sólo dos meses después de empezada la gestión.

-¿Cómo se llegó a ese anuncio, teniendo en cuenta el panorama deficitario de la empresa?

-Primero, trabajamos mucho para entender qué fue lo que llevó a la empresa a estar en una situación casi de quiebra. Algunas cosas tenían que ver con Aysa en sí, pero otras estaban vinculadas a las políticas del Gobierno nacional que encabezó Mauricio Macri. ¿Un ejemplo? Los tarifazos.

-¿Cuál fue el impacto de la suba de las tarifas de electricidad y gas en los gastos de la empresa?

-La tarifa del agua quedó hiper retrazada con respecto a la de la electricidad. Con esto no estoy diciendo que tendrían que haber acompañado la suba. En Aysa hay cinco insumos críticos que se llevan el 70 por ciento del presupuesto y uno de ellos es la electricidad. Muchas veces, cuando la gente no tiene agua o dice que no tiene agua, en realidad lo que sucede es que falta electricidad en algún lado. Ya sea en la bomba de impulsión, en el pozo, en la planta potabilizadora o incluso en su propia casa, haciendo que la cisterna no pueda llenar la bomba domiciliaria. Eso hizo que hubiera un déficit enorme, porque nosotros pagamos la electricidad para poder brindar el servicio.

El 12 de agosto de 2019, un día después de que el Frente de Todos le sacara más de 15 puntos de ventaja a la fórmula Macri-Pichetto en las PASO, el peso argentino sufrió una devaluación del 24 por ciento en su cruce con el dólar. Tras ganar las elecciones de octubre, Alberto Fernández debió hablarle a los mercados como presidente electo para fijar un techo de $60. El desplome de la divisa nacional tuvo un impacto directo en las finanzas de Aysa.

“Ese fue otro de los ejes, la disparada del dólar”, advierte Galmarini. “Se suponía que no se iba a mover de los 23 pesos y terminó en sesenta. Cambió todo, porque uno de los insumos más importantes que tiene la empresa, además de la electricidad, es el líquido que usamos para potabilizar el agua que es importado y se paga en dólares. El pago de tarifa hoy no cubre ni siquiera los gastos del servicio”, suma.

En la enumeración con la que la presidenta de la compañía explica el delicado cuadro de situación en la que se encontraba Aysa aparece también la pata política: el acuerdo al que llegaron María Eugenia Vidal y Mauricio Macri, luego de que la gobernadora desistiera en su reclamo público por la coparticipación bonaerense.

“Hubo una política clara por parte de Macri de, entre comillas, cumplirle a Vidal. El acuerdo fue: ‘Bueno, lo que no me da la coparticipación, me lo da el Gobierno Nacional por transferencias. Y, cuando no pudo hacer más transferencias, empezaron a sacarle gastos a la provincia”, explica Galmarini.

-¿De qué manera impactó en la estructura de la empresa la compensación por el cese del reclamo?

-Le transfirieron de Absa a Aysa nueve municipios que estaban en pésimas condiciones y que siguen estando por debajo de lo que a nosotros nos gustaría. Eso fue un gasto adicional estimado en 25 mil millones de pesos que la empresa tuvo que poner para acercar la calidad del servicio a los municipios al marco regulatorio. Y que, además, tenemos que seguir poniendo porque quedaron en esta nueva composición de la concesión.

-¿Ese fue el momento en el que la empresa comenzó a endeudarse?

-Sí, cuando en el 2018 se disparó la crisis económica y el gobierno de Macri ya no podía usar o tomar nueva deuda (del FMI), lo que hicieron fue endeudar a Aysa, sin respaldo del Estado nacional, por 500 millones de dólares. Se negoció que el capital se iba a pagar todo junto en febrero del 2023, con cuotas de intereses semestrales de unos 17 millones de dólares.

Días atrás, el Banco de Desarrollo Fonplata aprobó el financiamiento por 30 millones de dólares para el programa “Agua y cloaca más trabajo”. Las 187 obras se realizarán en barrios populares e implicarán 31 mil nuevas conexiones de agua potable y 41 mil nuevas conexiones de desagües cloacales. El plan suma, además, la generación de 1.800 puestos de empleo directo en las comunidades.

“Durante los primeros meses, además de analizar el cuadro de situación de la empresa, salimos a buscar la plata para realizar las obras. Nosotros lanzamos el plan (en febrero), por supuesto teniendo alguna certeza de que iba a salir, pero también sabiendo que para el Gobierno nacional era un tema absolutamente prioritario, que se vio reflejado en las transferencias del Tesoro. No sólo conseguimos las partidas para equilibrar la operación, sino que también conseguimos el financiamiento para las obras”.

-Cuando hablamos del acceso al agua potable, no hablamos sólo de un servicio. Es el agua con la que se cocina en una casa humilde. Un derecho.

-Ese es el cambio de mirada que estamos tratando de darle a la empresa. Entender el agua como una política social. Dependemos de un ministerio, que pareciera ser ‘duro’, pero que entiende que llevarles el agua a los y las vecinas es salud, es higiene y tiene un impacto directo en la calidad de vida. Es, también, el cuidado del medio ambiente, del lugar en el que viven.

-Partiendo de la premisa que entiende al agua como un derecho, ¿cuál es la perspectiva de género que atraviesa al consumo?

-El agua es una política de género. En primer término, las mujeres tenemos la enorme diferencia con los varones que es tener que lidiar con la gestión menstrual. Sin agua limpia, es muy difícil. Hay mujeres que no pueden ir a trabajar o al a escuela, no sólo porque no tienen los productos de gestión menstrual, sino porque además no tienen agua. Además, el 70 por ciento de la gestión de agua en el mundo la hacen las mujeres, porque somos las que tenemos en la espalda las redes de cuidado. Bañamos a los chicos, hacemos la comida.

-En los barrios más humildes, son las mujeres quienes en su mayoría se encargan de acarrear el agua…

-Exacto. Cuando se dice que no hay agua potable en un lugar, yo digo que estamos invisibilizando que sí hay agua potable, porque hay alguien que la tiene que ir a buscar. Los seremos humanos podemos vivir sin electricidad o gas, pero no podemos vivir sin agua potable. Cuando la expresión es ‘no hay agua’, la realidad te muestra que atrás hay una mujer acarreándola. Eso es una política social.

-¿De qué forma concreta se le está dando perspectiva de género a tu gestión?

-El nuevo componente de Argentina Hace tiene hacia adentro un importante componente de género. Las cooperativas ahora tienen que conformarse de manera paritaria. Quienes tengan en sus cargos jerárquicos a mujeres, por ejemplo, serán reconocidos. Lo que buscamos es generar trabajo, mover la economía, darles oportunidades a las mujeres y llevar un servicio esencial con el que cuidamos la salud de los y las vecinas.

La proyección de la gestión de Galmarini al frente de Aysa es “a mediano y largo plazo”. “En términos de presupuesto general, la OMS sostiene que por cada dólar invertido en agua, se recuperan siete en el sistema de salud. Por supuesto, la vuelta es muy amplia y hay que esperar mucho. Pero si no empezamos, no terminamos nunca”.

“Entiendo la urgencia, porque trabajé diez años en la secretaría de políticas sanitarias y de desarrollo humano en el municipio de Tigre, pero creo en las políticas de mediano y largo plazo. Estamos atravesando un momento de urgencia alimentaria, sanitaria, económica, laboral y podría seguir. Pero creo que estamos empezando a construir políticas que van más allá de un Gobierno. En mi caso, no estoy pensando en cuándo voy a cortar la cinta de una obra, estoy pensando en cuándo le va a llegar a esa familia el agua”.

-Todo esto, en el marco de un replanteo a nivel mundial con respecto al rol del Estado.

-Esa es una de las improntas de Alberto Fernández como presidente. No está pensando sólo en la situación real o actual, sino que mira al mundo; se interesa en lo que está pasando, en entender cuáles son las demandas de este siglo.

-Una de las principales demandas, muy vinculada al acceso al agua, tiene que ver con la “pobreza estructural”, de la que se habla mucho, pero se entiende poco.

-Totalmente. Es importante entender que cuando hablamos de pobreza estructural, estamos hablando de los índices de morbilidad infantil generados por la falta de agua potable. Pobreza estructural es que los pibes estén jugando en la vereda al lado de una zanja con agua servida, mezclada con líquido cloacal. Hay un montón de cosas detrás del título “agua potable y saneamiento cloacal”. Atrás de eso está la verdadera política social, económica y de salud.

-¿Creés que la “nueva normalidad” post pandemia reclama el regreso de un Estado más activo?

-Sí, creo que está bueno también preguntarse qué es el Estado, si no es quien regula las relaciones sociales. Y, en esa regulación, se busca ayudar a quienes menos oportunidades tienen. Lo que nos estuvo pasando estos últimos dos meses es que estamos viviendo el debate en el ámbito de lo público sobre para qué sirve el Estado, dónde tiene que estar y quiénes somos el Estado. Veo a muchos dirigentes, no sólo políticos, que piden acciones del Estado, pero por el otro lado reclaman una baja de impuestos. No estoy hablando del momento de crisis profunda actual, lo digo en general. El Estado somos todos. En tal caso, lo que tenemos que pedir es que las políticas sean más efectivas.

-¿Cuál es el Estado que proponen desde el Frente de Todos?

-Lo marcó el presidente cuando habló de la ética de la solidaridad. Es el compromiso con los otros y las otras. Ahí hay un intercambio interesante, que vuelve; tal vez no de la misma persona, pero el valor de la solidaridad es un valor recíproco. Planteamos un Estado que pueda intervenir, pero sin avasallar o meterse en donde no le corresponde. Planteamos un Estado que cuide a quienes no tienen las mismas posibilidades.

En su desarrollo, Galmarini recuerda la decisión política de re-estatizar el capital de la empresa y el rol social que cumplió durante más de una década. “Yo siempre digo lo mismo: a mí me toca estar en una de las empresas recuperadas por el Estado nacional. Si bien no estaba privatizada, estaba privatizado el capital y fue re-estatizado hace catorce años por Néstor Kirchner. En el año 2006, Aysa se convirtió en una empresa que interviene desde la mirada Estatal, aunque en los últimos cuatro años se volvió a una mirada privada.

-Una administración pública, con perspectiva privada, que generó una deuda de 500 millones de dólares.

-Sí, no siempre los privados saben hacer bien lo público. También es cierto que lo público no siempre es bien administrado y que quienes son exitosos en lo privado, no necesariamente lo son en lo público. Entiendo que estamos en un momento muy duro, de cuatro meses de pandemia y caída económica. Pero lo que estamos intentando ahora es consolidar la mirada de un Estado social. Es muy difícil ver el vaso medio lleno, pero me preguntó qué hubiera sido de nosotros si no hubiese sido Alberto Fernández el presidente. Si no hubiésemos tenido este gobierno, que está dispuesto a generar y poner los recursos donde hay que ponerlos.

-Una vez pasada la pandemia, las proyecciones ya anticipan un mundo incluso más desigual.

-Exacto, esto va a tener un impacto directo en la pobreza. Vuelvo con la importancia de las políticas de mediano y largo plazo, porque creo que son las que hacen que, cuando te llegan este tipo de imprevistos, vos no estés tan desordenado o arrasado como estaba la Argentina cuando nos llegó el coronavirus. Si uno logra estabilizar las políticas públicas volátiles y logra que no dependan de una persona o de un Gobierno, eso va a permitir que no caigamos tanto cuando nos toca caer y que sea más fácil salir adelante.

“Estamos hablando de un nuevo modelo de país. Nosotros empezamos por los más postergados y somos conscientes de que todavía nos falta mucho. Hay que recordar que cuando llegamos el 10 de diciembre teníamos una pobreza que superaba el 40 por ciento”, advierte Galmarini, al tiempo que señala: “Entiendo el malestar. No sólo es complicado dar una respuesta inmediata, sino que además se torna mucho más complejo cuando te entregan un país arrasado y en el medio te toca gestionar una pandemia”.

-Una pandemia que va a dejar secuelas profundas en todos los sectores y que va a atravesar por completo el tejido social

-Hay una tercera para, que no sé si la estamos mirando del todo, que es la crisis educativa que nos va a dejar esto. Ahí comparto la mirada que tiene el ministro Nicolás Trotta y su preocupación por la cantidad de chicos que no están yendo a la escuela y lo difícil que va a ser reinsertarlos. En la provincia de Buenos Aires, el 50 por ciento no termina el secundario: se va entre el segundo y tercer año. La pandemia los sacó de la escuela y ahora, ¿cómo hacemos para que vuelvan?

-¿Cómo imaginás la Argentina de la post pandemia?

-Creo que no hay ninguna posibilidad de salir si no es con todos. Todavía hay un millón de impactos que todavía no conocemos. Entiendo que hoy estamos todos preocupados por cuidar la vida de los argentinos, porque si no, no hay economía que valga. Eso es lo que nos va a permitir volver a levantarnos, poder salir a trabajar y empezar a reconstruir un país, que va a tener más desigualdades.

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