Política y Economía
LA HISTORIA DE RICARDO MERLO

Debutó en primera, fue a Malvinas y es senador por Italia: "Quiero vivir en Argentina" 

Nació en Argentina pero vive en Roma. Dejó el fútbol por la guerra de Malvinas. Estudió Ciencias Políticas, entró al parlamento y fue funcionario italiano.

El palacio Cenci Maccarani se encuentra a unos metros del Partenon Romano. Está en una parte del casco histórico de Roma, allí funcionan las oficinas de algunos senadores. Trazando una línea recta invisible se podría llegar a la plaza de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano.

Sin corbata no te permiten entrar.

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-Esto es Italia-, dice sonriendo el senador Ricardo Merlo, que nació en Buenos Aires y representa a los italianos que viven en el exterior. En un café frente a ese edificio de siglo XVI atiende a INFOCIELO en la capital de Italia.

-Siempre tengo una corbata extra, mejor tomemos un café afuera-, completa.

El director de cine napolitano Paolo Sorrentino, en su película “La grande belleza”, hace decir a uno de sus personajes que Italia es conocida en el mundo por la comida y por la moda. El senado, y en realidad cualquiera de sus calles, parecen confirmarlo.

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Roma, la segunda casa de Ricardo Merlo, el senador argentino en Italia

Roma, la segunda casa de Ricardo Merlo, el senador argentino en Italia

Mataderos - Malvinas - Roma

Merlo nació en Capital Federal y creció en el barrio de Mataderos. Cuando era chico militó en el asociacionismo del voluntariado italiano católico en Argentina. Ese fue su comienzo en la política, que intercalaba con entrenamientos en All Boys y en la selección sub20. Estuvo en la lista de los 40 preseleccionados antes del mundial juvenil de Australia de 1981. Entrenó con, por ejemplo, Oscar Ruggeri. No quedó en la lista del mundial, pero no bajó los brazos y llegó a debutar en primera. Después vino Malvinas, cambió su vida y la del país.

Antes de la guerra iba a entrenar y también estudiaba. “Hice trece meses de servicio militar, salí el 5 de marzo de baja y el 2 de abril tomaron la isla. Me llamaron”. Estuvo en el continente, no llegó al frente, pero fue una experiencia traumática. “A partir de ahí yo estudiaba derecho, antes de entrar al servicio militar, y me cambié a Ciencias Políticas porque no entendía como tres personas habían decidido llevar a un país a una guerra”. Ricardo se toma un café mientras habla. Los cafés en Italia son diferentes a los de Argentina: más fuertes, más intensos, más pequeños.

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Ricardo Merlo nació en Argentina, pero es senador por Italia y fue vicecanciller

Ricardo Merlo nació en Argentina, pero es senador por Italia y fue vicecanciller

“No entendíamos que pasaba, éramos chicos teníamos 18 años. Hubo amigos que no volvieron de la isla”, comenta. Ese año, en España, Diego Maradona usará por primera vez la camiseta número 10 de la selección argentina, después vendrá México y el partido con Inglaterra. A Merlo se le cortará la carrera como futbolista por culpa de la guerra y el sufrimiento que provoca. El periplo militar de la dictadura lo obligaron a dejar su dieta y entrenamiento de deportista: aumentó ocho kilos y no pudo recuperarse ni física ni psicológicamente para volverla futbol. Jugaba de ocho. La política fue su salida, la del país también.

Llegó la primavera alfonsinista. Vivir eso y estudiar Ciencia Política lo hicieron agradecido de la democracia: “uno valora tener un parlamento con personas electas que de un día para el otro no toman una decisión de ir a una guerra. Sufrimos mucho, somos una generación que sufrió la adolescencia con la dictadura militar con una represión moral absoluta. En todos los sentidos, no podíamos leer libros, nos teníamos que cortar el pelo casi como si estuviésemos en el servicio militar. A la noche no nos podíamos reunir diez personas porque venían y por ahí te llevaban”.

Entre finales de los ochenta y los noventa se dedicó al periodismo y a la militancia de las distintas organizaciones italianas. El salto lo dio en 2006 cuando fue elegido representante de la América Meridional por el partido de Asociaciones Italianas en Sudamérica. En 2007 fundó su partido, Movimiento Asociativo Italianos en el Exterior. Entró al parlamento italiano y no salió más. La política italiana es un juego de palacio donde el que gana las elecciones no necesariamente es presidente del Consejo de ministros. Desde el 2000 hubo diez ejecutivos, dos de ellos estaban fuera del Parlamento.

Los números de participación electoral han bajado. “Hay una desilusión, y además, hay que cambiar algunas cosas del sistema. En el caso de Italia los ciudadanos votan solo parlamentarios y después sale cualquiera primer ministro”, explica. Mario Draghi es el actual presidente del Consejo de Ministros, fue designado por Sergio Mattarella, el presidente. Italia es una República Parlamentaria, hay presidente, pero el poder ejecutivo está con el primer ministro.

Ricardo Merlo tuvo un papel preponderante en el gobierno anterior, Giuseppe Conte, fue viceministro de Relaciones Exteriores. Durante su gestión logró construir un Consulado en Montevideo, donde hay 130 mil italianos. También pudieron abrir otro consultado en Gran Bretaña. Había planificado uno para Argentina, pero el cambio de gobierno no continuó con su política.

“Draghi es un hombre que viene de los bancos, de la burocracia europea, tiene una visión diferente. Nosotros cuando estábamos en el gobierno veníamos de la base. Entonces nos ocupábamos y las cosas funcionaban mejor. Ahora las prioridades del gobierno son otras y los italianos en el exterior no son prioridad”, explica.

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Un rato antes de la entrevista, en la fuente frente al Panteón de Roma, hay dos chicas argentinas. El edificio, de casi dos mil años, tiene unas columnas gigantes de granito. Una guía turística explica que cada columna es una pieza única, gigante. Ahora, como todos los monumentos de Europa, es una iglesia. Las chicas no son turistas, están haciendo su nacionalidad italiana. Hablan de ello, y una celebra que le salió un papel -al parecer crucial-. El trámite tarda, a veces mucho y en otros casos poco. Es muy difícil hacerlo en Sudamérica. “Falta personal”, dice Merlo y cita el caso de Brasil: “En San Pablo hay una fila -ya inscripta para hacer la ciudadanía- de 150 mil personas. Las van llamando de a poco. Hay ocho personas que trabajan en ciudadanía. Necesitas un municipio en cada lugar. Esto no es que justifica el hecho de que la gente no puede hacer la ciudadanía, pero lo que si él es que el gobierno debería ocuparse más”.

Política y ultraderecha

La reelección de Emmanuel Macron, frente a la ultraderechista Marine Le Pen, pusieron los ojos en Francia. Había una oportunidad real de que la ultraderecha se hiciera cargo de un país. No pasó. En España, por ejemplo, cogobiernan en la Comunidad Autónoma de Castilla Leon y podrían llegar a hacerlo en Andalucía, la región más poblada de la península ibérica. En Argentina está el fenómeno Milei.

“No creo que sea preocupante el avance de la ultraderecha. Y, además, no voy a comparar a los libertarios de argentina con los neonazis europeos. Hay mucha diferencia. Por ahí dentro de los partidos hay sectores o personajes, pero en realidad creo que la esencia democrática en todos los partidos en Argentina está en todos los partidos de arco político”. “Es lógico que surja algo nuevo en este caso de derecha. Es producto de que la gente no se ve reflejada en el sistema político y busca alternativas. Si las fuerzas políticas tradicionales, populares más cercana a la historia y tradición política en todos los países no logra esta conexión con la gente van a surgir nuevas expresiones”, analiza.

Merlo dice que “a medida que te vas acercando al poder los discursos cambian” y que “cuando vivis el poder en primera línea te das cuenta de que hay un montón de cosas que podes hacer y otras que no. Es lógico que estos partidos, que por ahora son minoritarios, puedan decir cosas como que hay que hacer desaparecer el banco central o que los sindicatos no tienen sentido de ser. Después cuando llegas a la realidad te tenés que sentar con el presidente de Banco Central y te tenes que sentar con los sindicatos”.

A unos metros de allí se encuentra la Plaza Navona, un punto obligado para los turistas, que tiene una escultura en el centro que representa a los principales ríos del mundo. También está la estatua de Neptuno. Debajo, a cinco metros, están las ruinas del estadio de Domiciano que podía llegar a tener 30 mil espectadores. Cerca de allí está la iglesia de San Luís de los franceses, que tiene una pintura del Caravaggio que se puede ver de forma casi gratuita: está a oscuras y para apreciarla hay que poner en una maquinita un euro, que permite encender una luz por unos minutos.

En Trastevere, un barrio cercano al Vaticano, hay restaurantes buenos, bonitos y baratos. Allí se puede comer la especialidad romana “Cacio e pepe”, que es una pasta con queso y pimienta. El local trabaja un chico argentino. Estudió filosofía y letras, trabaja sin papeles mientras le sale la ciudanía. Planea irse al sur a pasar lo que queda de primavera y verano. “Por suerte me conseguí esto y no me gasto los ahorros”, dice.

- ¿Hay una desconexión entre los políticos y la ciudanía?

-Hay de todo. Hay políticos que trabajan con la base-, dice Merlo. “Acá los intendentes están muy con la gente. Hay compañeros míos en el parlamento que estamos en contacto con la gente y de traer los problemas al parlamento. Eso depende de acá político. No hay que generalizar. Hay algunos que trabajan como hay que trabajar y otros que están adentro de la oficina en Roma, toman café y después van y votan de acuerdo con lo que le señala el partido”.

Analiza que en todos los países hay grita porque “hay oficialismo y oposición”. Entre medio de la conversación y el café se acerca a la mesa Matteo Salvini. lo saluda y le da la mano. Salvini representa a la Liga del Norte, es senador y fue ministro de interior entre 2018 y 2019. Es, también, dueño de una de las llaves de la política italiana. “Lo que si deberían haber en todos los países es políticas de estado y las políticas de estado implican que ese oficialismo y oposición se pongan de acuerdo en siete u ocho cosas fundamentales”, afirma Merlo.

- ¿Por qué en Argentina no se pueden llegar a políticas públicas de largo plazo?

- En Argentina sería necesario armar una mesa de concertación entre todas las fuerzas políticas para ponerse de acuerdo y que sean políticas de estado. Las políticas de género son un ejemplo. Hay muchas políticas que pueden ser políticas de estado a partir de un gran acuerdo y después pelarse en todo lo demás. Eso creo que se logra cuando hay una madurez política que lo permite.

Fortalecer el Mercosur, sería para el senador italiano, una de esas políticas fundamentales. “El Mercosur es un proyecto que de alguna manera está inspirado en el proyecto de construcción de la Unión Europea pero que se quedó en segunda. Le falta la tercera, la cuarta y la quinta”. Hace unos años se comenzó a dar forma a un acuerdo el libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. Para que se consolide debe ser aprobado por todos los parlamentos de todos los países. En el último tiempo el Mercosur no ha sido una prioridad para los países que lo conforman. “De esta manera es muy difícil. Y además también tendrían que ponerse de acuerdo países que tienen visiones muy diferente de Sudamérica. Entonces, se hace más difícil de acordar. Soy optimista a largo plazo, creo que es posible. Es fundamental la maduración política de todos los sectores”.

Para el es necesario “buscar acuerdos y políticas consensuadas de la mayor parte de los sectores políticos”.

- ¿Se pierde el fuego de la militancia cuando se vuelve un político profesional?

- Yo no. La semana pasada estuve en San Pablo. Voy a Argentina y me encuentro con las asociaciones, con los militantes; yo no lo perdí. Hay otros que sí. Soy un contrario a la generalización. A mí me encanta. Sirvo más para estar militando en la base que para estar en una oficina. Tengo muchas ganas de estar más tiempo en Argentina y poder colaborar con la experiencia que tengo.

“Quiero vivir en Argentina y estar en el barrio que vivo y en los barrios que viví de chico. Soy feliz a pesar de la crisis y de todo lo que pasa, de la inseguridad. Soy feliz en el lugar donde nací”, concluye. El teléfono le suena. Parece importante. Se aleja y habla en italiano. “Me tengo que ir”, dice.

Hace calor, es primavera y Roma está florecida, ideal para seguir caminando. Toca conocer San Pedro y ver “La piedad”, de Miguel Ángel.

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