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INFOCIELO.COM » Pido la Palabra » 23-06-2017

Unidad Ciudadana vs. Cambiemos: una renuncia y la disputa por lo invisible

Entre quienes participaron del mega acto en el estadio de Arsenal, de la localidad bonaerense de Avellaneda casi exclusivamente había partidarios de Cristina Fernández de Kirchner, quienes además disciplinadamente sólo llevaron una bandera: la argentina.  Absolutamente todos los que allí estaban y los que no -sus partidarios ausentes, opositores y hasta los indiferentes-, lo sabían. Lo que llamó la atención de todos fue aquello que no se notó a simple vista; aunque al mismo tiempo también fue comprensible para la mayoría. El acto contenía un mensaje cifrado para todos, lo que en sí mismo es una contradicción: algo así como un oxímoron colectivo que posiblemente produzca un reacomodamiento de las estrategias de las principales fuerzas políticas de cara a las legislativas.

Hubo algo mucho más importante que el cambio de tono con el que Cristina Fernández de Kirchner sorprendió. Algo más importante que el relato de historias costumbristas de la crisis económica provocada por el oficialismo, o la renovada interpelación a la ciudadanía y la militancia para ponerle un freno al oficialismo. Cristina renunció a la seguridad de un relato y estrenó otro modo de narrar orientado a seducir a quienes la abandonaron.

Una incógnita a descifrar sería poder distinguir hasta qué punto están clausuradas ciertas percepciones sobre la figura de CFK y si es posible revertirlas para achicar ese negativo profundo que le pesa en las encuestas. Un negativo que se construyó como discurso cerrado: el “se robaron todo” subsidiario de la “herencia recibida”. La involuntaria “cadena nacional” a la que se vieron obligados los canales de noticias,  expuso de modo sorpresivo este cambio sustancial de discurso y estética a un público mucho más amplio que sus partidarios.

Largos meses de comunicación gubernamental y melodrama mítico-político oficialista de relativa eficacia, apuntalado por voceros asociados con peso específico institucional de envergadura: medios, jueces, periodistas, empresarios, financistas, religiosos, embajadas, sectores de fuerzas de seguridad y militares. Una oposición Durán Barba friendly que hasta el acto de CFK no presentaba demasiadas complicaciones para el relato oficial. Una interna evitada por la mayoría de las fuerzas políticas. Dos liderazgos que disputan el significado de los hechos y la dirección de los comportamientos de las mayorías populares en Argentina : Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner. Desempleo, crisis de consumo y la mayoría de los consultores económicos prevé una hecatombe económica en ciernes.

La disputa por los marcos interpretativos de la mayoría es en lo que decidió meterse de lleno Cristina Fernández de Kirchner. Algo que no se ve pero que resulta fundamental para cualquiera que pretende influir sobre los otros, para quienes buscan ciertas adhesiones o rechazos, actitudes, comportamientos y opiniones en cierta dirección.

A juzgar por lo que exhibió Cristina, la estrategia consiste en extender el campo de disputa simbólico: todo indica que el principal escenario de batalla no serán los medios tradicionales y las redes. Esto significará un serio inconveniente para el oficialismo: se mueve como pez en el agua en ese ecosistema, aunque ha mostrado serias limitaciones al abordar la calle. Los actos vacíos, las fotos armadas y los timbreos controlados no bastarán para frenar el cuerpo a cuerpo polarizado que pretende Unidad Ciudadana. CFK pidió a los propios que dejen sus banderas y protagonicen una dura batalla por transformar esos marcos interpretativos que dominan las percepciones, opiniones y actitudes.

Unir y organizar el desorden es la tarea que propuso la líder del kirchnerismo para “poner un freno” porque “con ellos no tenemos futuro”. Este lenguaje coloquial y comprensible para todos con el que sorprendió CFK, una puesta en escena desprovista de figuras dirigenciales acartonadas, atuendo y maquillaje sencillo, un estilo anti rockstar, una renovada apelación al futuro posible-imposible, la interpelación a un sujeto colectivo pero también el llamamiento a la reflexión individual, una lectura del presente que abandona lo pedagógico y se centra en la elocuencia de las historias costumbristas de la crisis inducida por el oficialismo, el contraste con lo que denunció como impostado y falso del coaching frente su espontaneidad, la reafirmación de su figura de líder sin miedo a las consecuencias, la entrega de la palabra a un otro ciudadano que inserta su experiencia cotidiana en el relato político . Todas esas novedades dan cuenta de un viraje comunicacional que como todo lo comunicacional en la disputa política, es político. 

Lo primero que se percibe es que este cambio entusiasma a los propios más críticos, quienes durante los últimos meses venían reclamando, desde distintas tribunas, un giro capaz de volver a entusiasmar a los que constituyeron el 54 por ciento conseguido en 2011. Con la exclusión de D’Elía unos días antes del armado de la Unidad Ciudadana, CFK ya había dado un gesto político de renovación y, por qué no, de asumida autocrítica de facto. La renovada puesta en escena del martes coronó el movimiento estratégico de un modo espectacular, sorprendiendo a propios y extraños por la magnitud del giro y la amplitud de la apuesta.

Cristina Fernández de Kirchner comenzó a ensayar una fórmula que intentará tender un puente de pasaje entre los marcos interpretativos de quienes fueron sus partidarios pero hoy no le creen y quienes aún lo son. “Poner un freno”, hacerlo desde la empatía que significa mostrar los problemas de los ciudadanos comunes y pedirle a sus partidarios que abandonen sus banderas para enarbolar sólo una que ordene el desorden que provoca el oficialismo. Este último punto -la apuesta- tal vez suscite uno de los efectos más inmediatos en el cuerpo a cuerpo por el sentido que libra la líder de Unidad Ciudadana; aunque existe una apelación muy fuerte en la narración de la ex mandataria: la necesidad de frenar al oficialismo, presente tanto en el discurso de los “propios” como en el de quienes están arrepentidos de haber votado al oficialismo pero a quienes tampoco les satisface el relato de CFK.

Cambiemos buscará lo contrario a su nombre: que los marcos interpretativos no cambien. Para ello cuenta con la inestimable fuerza de una presidencia, sólidos aliados influyentes con acceso privilegiado a la esfera pública, y el “control” de instituciones clave en cuestiones sensibles como la seguridad. Como sea, la disputa es por invisible en una coyuntura con un gran componente de incertidumbre y de conflicto: el relato de Cambiemos pretende que CFK debería estar presa y Unidad Ciudadana asegura que con Cambiemos no hay futuro.

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