MIRALO EN VIVO ESCUCHALA EN VIVO
Sábado 25
Marzo de 2017
EN CALIENTE
#INDIO EN OLAVARRíA #CONFLICTO DOCENTE #TARIFAZOS #LEGISLATIVAS 2017
INFOCIELO.COM » Tendencias » 28-02-2017

Bonaherencia. Sociedades de trenes y burdeles

Sin el deseo de caer en un sórdido anacronismo, te propongo analizar cómo y cuando surge la prostitución legalizada en Argentina, qué dio pie a lo que en otros tiempos se denominaba “Trata de Blancas” y hoy conocemos como “Trata de Personas”. ¿Errores o aciertos de una sociedad patriarcal? A las pruebas me remito…

La historia que hoy voy a contarte es una historia de mujeres en un tiempo en el que ser mujer era un verdadero desafío. Un tiempo en que el aire olía intensamente a carbón y en el que los deseos podían empañarse con vapor.

Era el tiempo en que el hierro se convertía en rieles que comenzaban a comunicar los cuatro puntos cardinales de nuestro país y cuando los inmigrantes arribados a la Argentina hacían cola para conseguir un trabajo que les ofreciese un destino mejor. Era el tiempo que marchar de una punta a la otra de nuestra geografía no intimidaba a los recién llegados. Hacia el norte, sur, este y oeste se escuchaba el ruido de las fraguas y los tendidos ferroviarios. Para los hombres, convertidos en mano de obra para una tarea pesada, no se le parecía en nada a la tierra prometida. Para muchas mujeres seguramente no lo fue.

El furor ferroviario que había comenzado con la puesta en marcha del Ferrocarril del Oeste, el 29 de agosto de 1857, cuando el convoy dirigido por la emblemática locomotora La Porteña unió la Estación del Parque, ubicada en el predio en que hoy se yergue el Teatro Colon frente a la Plaza General Lavalle, con la localidad de Floresta continuaría velozmente y para mayo de 1871, otra línea, el Ferrocarril Sud alcanzaba como punto extremo la Estación El Salado, ubicada en el territorio que hoy se conoce como General Belgrano.

Y eran tantos los hombres que se dedicaban a la tarea de construcción, puesta en marcha y mantenimiento de las líneas en cada estación, que prontamente el sexo masculino duplicaba la cantidad de mujeres. Y así fue como, en busca de un equilibrio y a modo de contención -como “necesidad social”- se decidió la legalización de la prostitución, en una comunidad de profundo rasgo patriarcal que consideraba que existían mujeres destinadas a ser esposas y madres, y otras tantas condenadas a convertirse en escorias, cloacas contenedoras de las mas bajas pasiones masculinas. Para las políticas de Estado de aquel entonces lo que hoy constituye como el delito de Trata de Personas, no era contemplado como tal. Pasarían algunos años hasta que la figura del proxeneta cobrara la magnitud que hoy tiene. Pero sin ambición de caer en anacronismos que confundan los usos, costumbres y moral de nuestro tiempo con los de aquella época; este escenario sin lugar a dudas sólo pudo tener cabida en una sociedad donde la doble moral estatal, social y religiosa era moneda corriente.

Fue así cómo una vez instituido y legalizado que era prostituta “aquella mujer que comerciase con su cuerpo obteniendo por ello una retribución para sí o para quien explotara su trabajo” la hipocresía de la época permitió que en los mas diversos puntos de la Provincia de Buenos Aires surgiesen los llamados burdeles, quilombos, lupanares, piringundines, Casas de Tolerancia o Casas de Alegrías.

Comparando lo acontecido en las distintas localidades de nuestra provincia, podemos decir que había escasas diferencias en la reglamentación que estos “negocios” debían cumplir frente a la autoridad constituida por los Gobiernos Municipales y la policía. Junín, 9 de Julio, Tres Arroyos, General Belgrano, Carlos Casares, Chivilcoy fueron algunos de los lugares donde se levantaron estas supuestas casas de contención masculina.

Esta legalidad, que barría la mugre de las clases acomodadas bajo la alfombra, mostraba que esas mujeres eran todo lo que no se debía ser, que hacían todo lo que no se debía hacer. Porque ellas eran lo que no se debía ver, encarnaban todo lo que estaba mal.

Y por ello se estableció que las Casas de Tolerancia debían estar ubicadas en sectores alejados del casco de la ciudad y además nunca cerca de la escuela o la Iglesia.

Las mujeres que en ellas vivían eran casi presidiarias de una vida que probablemente no habían elegido, muchas de origen uruguayo, llegaban a nuestro país ilegalmente por la vía del Tigre, mientras que las argentinas pertenecían a las clases mas bajas de nuestra sociedad.

Enmarcadas en un marco jurídico adecuado, aunque se dedicaban a una tarea legal, nada importaba su  libertad. Era tal el oprobio que caía sobre ellas que no podían mostrarse ni en las ventanas ni en la puerta de calle de las casas que moraban. Vedado estaba todo contacto con la vida social porque les estaba terminantemente prohibido concurrir a los lugares públicos donde “la gente decente” se reunía. No podían ir al teatro, pasear y mucho menos merodear. Si por algún motivo debían salir de la casa, sólo podían hacerlo en el horario comprendido entre las 7 y las 17 de cada día y debían retornar 2 horas antes de la caída del sol. A la medianoche, las puertas de su prisión, quedaban herméticamente cerradas.

Escapar para ellas era utópico. Si lo hacían, literalmente, la policía las devolvía a la Casa de Tolerancia a la que pertenecían.  La única vía de salida posible era el casamiento o internarse en un convento. Nadie en su sano juicio osaría contratarlas para un empleo doméstico o comercial, quien lo hiciese debía pagar una exorbitante multa. Así la tan ansiada libertad, solía pegar un encontronazo con la lujuria y el alcohol los que las encadenaban a una vida de escándalos permanentes que las llevaba a una definitiva e irrevocable condena social. Hastiadas, maltratadas, usadas, ajadas, algunas solían encontrar la puerta de salida en el suicidio.

Los Juzgados de Paz eran los encargados de llevar un registro en libros de folios debidamente rubricados donde inventariaban “el contenido” de cada Casa. En una lista encabezada por la propietaria del lugar, se anotaban sus nombres, edades y color de piel, todos los datos acompañados de una foto de cada mujer.

El cuidadoso repaso de las imágenes permite deducir que ni siquiera la ropa que usaban para la ocasión les pertenecía. Muchas de ellas aparecen retratadas con el mismo vestido o el mismo abanico. Y nada permite percibir que esas mujeres fuesen prostitutas. Sólo simulaban decoro y elegancia en un ambiente relajado y creado…para la foto. Vestidas para la foto.

Una vez terminado el trámite de registro se les entregaba una libreta sanitaria que las obligaba a efectuarse revisiones médicas los días miércoles y sábado de cada semana. Claro está, la misma se extendía al solo efecto de ser presentada si alguna autoridad o cliente así lo reclamaba.

Pasaban sus jornadas, inmersas en sus pensamientos, encerradas en estas casas en las que las ventanas permanecían cerradas con gruesas celosías las 24 horas del día.

La puerta de acceso con el consabido zaguán, abría paso a un largo y oscuro pasillo rematado con una puerta de hierro o madera en cuya cúspide se ubicaba un farol con vidrios rojos. Sus habitaciones y la disposición de los baños respondían a estrictas medidas de higiene.

En fin…un dato más de la sórdida sociedad que las cobijaba: la hipocresía institucionalizada obligaba que el frente no tuviese ningún signo que permitiese identificar lo que allí dentro sucedía.

Para comienzos del Siglo XX y ya con una legalidad fuertemente instituida, la el sexo pago se convirtió en un negocio extremadamente rentable, con  proxenetas de origen polaco-judío que conformaron una organización llamada Zwi Migdal que protagonizó uno de los escándalos más resonantes de la época. Raquel Liberman, una de las mujeres explotadas denunció el ejercicio de la prostitución en lo que aparentaba ser una Sociedad Mutual.

Una historia “deliciosa” con sede en Avellaneda que repasaremos en breve…

Buena semana…

SUMARIO